Chasogo

Dilema

¿Escribir un Cuento de Navidad, en Navidad? Eso lo ha hecho muchísima gente, escritores y no escritores, desde los tiempos en que se inventó la Navidad

¿Escribir un Cuento de Navidad, en Navidad? Eso lo ha hecho muchísima gente, escritores y no escritores, desde los tiempos en que se inventó la Navidad. Así que cuando me propusieron que escribiera uno, dije: “Pan comido”. Y claro, de “pan comido nada de nada.

Podría escribir un cuento de Navidad en marzo o septiembre, pero precisamente a fines de diciembre no me salía. Indagué en mi entorno, en mi casa, en mi familia y en la ajena, en amigos y conocidos y… todo estaba ya escrito y leído.

Entonces recordé unas especialísimas Navidades mías. Fue a fines de 1958 y principios del 59. Estaba en Tetuán, en Marruecos ya independiente, viviendo en una pensión de mala muerte y lamiéndome las heridas provocadas por unas duras y formidables calabazas que habían roto mi corazón en diez pedazos.

En realidad la cosa no era tan grave. Gracias a ser médico (o eso creía yo) deduje que la víscera que nos permitía vivir lanzando sangre por todo el cuerpo para nutrirlo, no podía romperse porque a una persona enamorada le dijeran: NO.

Evoqué el malestar que me provocaba la incertidumbre de mi destino, el ambiente poco atractivo que me rodeaba, el vagabundeo que me obligaron a seguir durante esos días, aunque uno fuese por las bellas montañas del Rif, y el no tener en momento alguno un horizonte al que pudiese llegar.

No fueron una Navidades agradables para mí. Estoy seguro de que, en aquellos momentos, no habría podido escribir un Cuento de Navidad digno de llamarse así.

Y perdido en esos oscuros recuerdos me encontraba cuando llegaron los nietos, alborotando, riendo y realizando todas las trastadas del mundo. Olvidé Marruecos, aquellas Navidades de fines de los años 50 y toda la masa de negros nubarrones que por aquel entonces tiznaron mis pensamientos y mi vida.

Los niños traían los suaves alisios, las nieblas cargadas de agua que llenan de verdes nuestros montes, la alegría de vivir y de olvidar, traían la felicidad.

Llevaron al abuelo a la plaza del pueblo, tintada de colores con la flor de Pascua, y lo sentaron en un banco bajo un árbol de flores blancas. Y allí lo dejaron mientras ellos corrían, jugaban con su pelota o se entretenían con las bicicletas.

En un momento dado desaparecieron de mi vista y cuando comenzaba a preocuparme por dónde estarían, retornaron gritando y riendo a carcajadas y, mientras enseñaban sus puños cerrados, se acercaron a mí: ¡Abuelo, abuelo!, te traemos un regalo de Navidad! Al mismo tiempo que lo gritaban abrieron sus manos y derramaron sobre mi cabeza una explosión de caramelitos de varios colores que crearon en mi mente la extraña sensación de que eran imágenes mágicas de pájaros y duendes, de hadas y princesas de ojos verdes, de mundos situados más allá del mundo y de deseos siempre soñados y nunca conseguidos.

Vaya, pensé, esto sí parece un Cuento de Navidad.