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El fantasma de la Navidad

Desde el éxito de su convocatoria de Vistalegre, feudo de Podemos, y, sobre todo, desde sus inesperados cuatrocientos mil votos

Desde el éxito de su convocatoria de Vistalegre, feudo de Podemos, y, sobre todo, desde sus inesperados cuatrocientos mil votos y doce escaños en las elecciones andaluzas, se identifica a Vox con la emergente extrema derecha europea y sus fuerzas políticas más representativas, como son el Frente Nacional francés o la Liga Norte italiana; pero se trata de una identificación que es necesario puntualizar.

Es cierto que, desde una perspectiva convencional, la mayoría de las propuestas de este partido pueden ser ubicadas en lo que se conoce como extrema derecha; sin embargo, difieren de manera significativa al menos en tres apartados ideológicos muy importantes: la economía, Europa y la religión católica.

En lo económico, la extrema derecha europea, el Frente Nacional, por ejemplo, propone un liberalismo proteccionista con barreras arancelarias al modo Trump, que denomina “patriotismo económico”, junto con el abandono del euro, la reimplantación del franco y la nacionalización de la banca (los extremos se tocan: esa nacionalización también la defiende todo el antiliberalismo y el antimercado, desde la Falange hasta los comunistas). Los italianos también están en esa línea. Por el contrario, Vox propone un librecambismo corregido por un suave proteccionismo, que se parece más a las ideas de Alternativa por Alemania, sin coincidir con ellas.

Estas concepciones económicas tienen su reflejo en las respectivas posiciones frente a Europa y su construcción. La extrema derecha europea es unánime en su beligerancia en contra, mientras el euroescepticismo de Vox se limita a criticar a la clase dirigente europea y al tratamiento judicial de los independentistas catalanes en el extranjero. Un caso particular lo constituye el Reino Unido, en donde el antieuropeísmo no es patrimonio de la ultraderecha.

En cuanto a la religión, Vox se identifica con los valores religiosos católicos tradicionales, y rechaza la proliferación del islamismo y de los valores musulmanes que se está produciendo a causa de la inmigración. La extrema derecha europea también es contraria a esta inmigración, aunque desde posiciones laicas. Los casos particulares lo constituyen Polonia e Irlanda, en donde el catolicismo es un componente de la cultura y de la política nacional. Por su parte, Vox y la extrema derecha europea comparten un nacionalismo estatalista centralizador, con obvias excepciones, como la de los independentistas flamencos del Vlaams Belang.

No sería alentador para la frágil democracia española que Vox creciera significativamente en las próximas convocatorias electorales, aunque desde la democracia hemos de respetar y defender vigorosamente sus derechos y los derechos de sus votantes y simpatizantes. La buena noticia es que su líder y sus principales dirigentes no proceden del franquismo ni de la Falange, sino del Partido Popular. Tampoco sería alentador que crecieran en votos los independentistas catalanes o los estalinistas antisistema de Podemos. Con permiso de Charles Dickens, de los constitucionalistas y de sus formaciones políticas depende que todo eso no suceda, depende que este fantasma de la Navidad actual no se convierta en el fantasma de las Navidades futuras.

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