A propósito de su último libro, Comprender la democracia, Daniel Innerarity deja apuntado que la agitación política es perfectamente compatible con que no cambie nada, convirtiéndose muchas veces en un grito improductivo, como en buena medida lo fue la fase de indignación. El filósofo, una de los escasos pensadores verdaderamente útiles que tiene el país, propone una medicina que, por interés o incompetencia, depende, ningún partido está abanderando. Innerarity plantea que frente a la seducción del recurso a los procedimientos desdemocratizadores, las soluciones son las más democráticas, esto es, el fortalecimiento de la cooperación y organización institucional de la inteligencia colectiva. La buena noticia es que hay recetas. La mala es que los partidos se mueven más cómodos en la tensión, blanco o negro, los nuestros y los que no, españoles y otros, nosotros y ellos, azules anaranjados o rojos morados. A veinticuatro horas del Consejo de Ministros en Barcelona, la siempre penúltima torpeza/ocurrencia de Sánchez está arrastrando a la realidad allí donde los partidos la quieren, en las barricadas, donde los altercados. El presidente del Gobierno es un excelente dinamizador, pero de las derechas. Una carta de una ministra de Empleo del PP logró que millones de pensionistas se echaran a la calle, y ahora, poco después, Sánchez está liderando la movilización de la derecha con tanto afán, acierto y efectividad como la que está teniendo para desmovilizar a la izquierda. El Consejo de mañana es otro regalo del presidente al PP, a Vox, a Ciudadanos y a los independentistas, a quienes ha resucitado poniéndoles en bandeja una performance callejera. A Sánchez solo le queda la baza de proclamar un artículo 155 feroz, solo así podría parar la ola, pero no lo hará. El gran dinamizador está logrando que salgan del armario cientos de miles de vecinos, compañeros de trabajo, amigos o conocidos que antes no se atrevían a confesar en bodas, bares u oficinas su incomodidad con los inmigrantes, y consiguiendo, además, que los de izquierdas bajen la voz y se limiten a mostrar su desconcierto en la intimidad, nunca en público, para qué. Volviendo a Innerarity, la agitación es compatible con que no cambie nada si, como es el caso, el país lo preside quien más pronto que tarde será desalojado, y merecidamente beatificado, por esas derechas a las que empiezan a salirles las cuentas. Solas no lo habrían conseguido, pero han contado con la colaboración de Pedro Sánchez, el líder que las derechas necesitaban para ir a por todas.
El líder de las derechas
A propósito de su último libro, Comprender la democracia, Daniel Innerarity deja apuntado que la agitación política es perfectamente compatible con que no cambie nada, convirtiéndose muchas veces en un grito improductivo, como en buena medida lo fue la fase de indignación
