En la madrugada del domingo al lunes, y en contra de mis principios, se me ocurrió sintonizar el canal 24 Horas, de TVE. Había atentado en Alepo, con muchos muertos y heridos; protestas airadas en Bélgica por no sé qué motivo, repelidas duramente por la policía; pintadas en Cataluña, en el edificio donde tendrá lugar el Consejo de Ministros; ley marcial en Ucrania, por la presencia de tropas rusas en la frontera de Crimea; en el Reino Unido andan a la greña con el Brexit y muchos solicitan a May otro referéndum; una chica maestra ha desaparecido en El Campillo (Huelva) mientras hacía footing; ni una buena noticia. Naturalmente que me desvelé y eran las cinco de la madrugada y aún seguía despierto. Díganme si no estamos inmersos en la tercera guerra mundial, o al menos en un simulacro sangriento. Es tal el volumen de información desgraciada que la gente o se asusta, o sencillamente pasa de ver y escuchar las noticias que ofrecen los medios de comunicación, como hago yo habitualmente. Ni siquiera la proximidad de fechas que invitan a la paz es capaz de apaciguar este atribulado mundo, lleno de violencia. Me entró, pues, una especie de insomnio bélico que no puede ser bueno para la salud porque me mantiene en tensión en las horas que son propias del descanso. Tampoco consigo refugiarme en la lectura, cuando me ocurre todo esto, porque no me concentro y le doy vueltas a las malas noticias, por solidaridad con las víctimas o por preocupación. En fin, que fue aquella una madrugada de profundo desasosiego, como tantas otras en mi poco descansada vida, ahora que quiero huir del mundanal ruido, por hacer un juego malabar con aquellos versos. No puedo recomendar a nadie que no esté atento a las noticias, pero, Dios, ¿es que todo esto no va a acabar nunca?
Insomnio bélico
En la madrugada del domingo al lunes, y en contra de mis principios, se me ocurrió sintonizar el canal 24 Horas, de TVE
