Addoor Sticky
chasogo

Las enfermedades y D. José

No era muy mayor don José, ni mucho menos. Eso, por lo menos, decía él

No era muy mayor don José, ni mucho menos. Eso, por lo menos, decía él. Su esposa, doña Adela, estaba convencida de todo lo contrario, y era raro el día que no le echaba en cara lo viejo que estaba. En los últimos tiempos de aquel año que parecía no querer terminar, insistía especialmente sobre la sordera de su marido. Y le gritaba para hacerse entender y le señalaba el utensilio con su gran dedo índice al tiempo que exclamaba:”El horno, tontorrón, el horno, que no el porno, idiota, como si tuviera tiempo de dedicarme a eso a estas alturas”.

La señora de don José, léase doña Adela fue paciente, muy paciente, hasta el día de la fiesta.

No era de mucha clase, digamos, era más bien familiar, pero don José comenzó a meter la pata de entrada, cuando la señora de la casa explicaba cuál era el “aliño” para la ensalada y él entendió que “metían al niño en un mar de lechugas saladas”, o algo por el estilo.

Después, advirtió al dueño de la casa de que: “en la cubertería le habían engañado, pues juraría que era de plástico”. Era de plástico. Más tarde, al ver que los platos sucios y algunas cucharas y cuchillos los echaban a unas bolsas especiales, tiró a ellas también unos boles de cerámica y, como siempre, adjuntando la frase que no debería decir: “pues hubiese dicho que era cerámica de Talavera, pero como todo es plástico, pues a la bolsa de reciclado…”

A doña Adela ya no le quedaba aire en sus pulmones y sus cuerdas vocales parecían tiras de esparto viejo de tanto como le gritaba a su marido, al tiempo que le señalaba sus errores e intentaba, al tiempo, disculparse con sus anfitriones, por las numerosas equivocaciones y desaciertos que tenía y continuaba teniendo su marido.

Cuando al día siguiente le hizo una relación larga y documentada de los errores cometidos, a don José no le quedó más remedio que inclinar la cabeza y reconocer que, en efecto, estaba “ligeramente sordo”. Pero de ir al otorrinolaringólogo (ya ese nombre le provocaba espasmos de pavor), nada de nada.

Un día por fin la señora le convenció para que fuese a un servicio donde devolvían la buena acústica. Don José, hay que reconocer, le tenía pánico a todo lo relacionado con los médicos y la medicina, a sus aparatos, a sus rayos de variada denominación y a sus martingalas para que el paciente dijese lo único que no quería decir. A sus cuartos oscuros de donde brotaban chispas y sonaban estremecedores sonidos que le hacían poner todos sus pelos de punta.

Pero como buen esposo que era, don José, temblando, eso sí, fue a aquel lugar donde le curarían su sordera. Y temblando entró en un cubículo donde apenas cabía su grueso cuerpo, y temblando siguió cuando le colocaron unas orejeras con cables por todos lados, y siguió el tembleque mientras unos extraños ruidos (sí, él los llamó ruidos), alcanzaban y sacudían sus viejos tímpanos, hasta que todo terminó.

Al final, sin embargo, sufrió el golpe más terrorífico de la jornada que le hizo entrar en shock casi en el mismo instante que llegó a sus oídos el sonido que remató la desagradable jornada: “Esto sólo le costará seis mil euros…”

TE PUEDE INTERESAR