La noche del 24, o sea en Nochebuena, cambié mi decisión -revocable, por lo que se ve- de pisar Santa Cruz lo menos posible y fui a cenar a la capital: brazo gitano, langostinos y una carne buenísima, sin vino, ni champán, ni nada. La autopista TF-5 estaba llena de coches, como nunca, porque hay tantos que en Nochebuena tampoco se pueden esconder y circulan por la carretera, erráticos. No obstante, la ida y el regreso al Puerto de la Cruz fueron plácidos y sin contratiempos. Me pasé todo el tiempo escuchando canciones de Abba gracias a un CD que compré, de estraperlo, en un mercadillo de Santa Pola (Alicante) hace unos días. Tengo el original de ese disco de oro de Abba, esta vez adquirido en Estocolmo en la noche de los tiempos, cuando en compañía de unos amigos hice un viaje estupendo a los países nórdicos. A la vuelta (de Santa Cruz) me puse a ver los programas navideños de las televisiones y me quedé con los de La 1, sobre todo con el programa de la lanzaroteña Rosana, aunque hable godo, que me pareció magnífico. Y luego disfruté con las voladas de Santiago Segura en su viaje al centro de la tele, rememorando grupos y cantantes que no pasarán a la historia. Salvo algunos. Fue una noche de lo más entretenida, una noche musical y gastronómica, pues me salté todas las reglas de la diabetes mellitus y mañana tendré la glucemia disparatada. Un día es un día, aunque justamente mañana (ayer para ustedes) tengo programada otra comida en Los Limoneros. En fin, les cuento todo esto porque, a falta de cosas interesantes que meterme en la buchaca, cuento mi vida. Siempre lo he hecho así. Por eso despierto algunas envidias, pero sólo entre indocumentados. Y eso.
Nochebuena en la carretera
La noche del 24, o sea en Nochebuena, cambié mi decisión -revocable, por lo que se ve- de pisar Santa Cruz lo menos posible y fui a cenar a la capital: brazo gitano, langostinos y una carne buenísima, sin vino, ni champán, ni nada
