conversaciones en los limoneros

“Si me hubieran citado en el juicio de Las Teresitas habría aclarado muchas cosas”

Pedro Doblado Claveríe, exalcalde de Santa Cruz de Tenerife y ex delegado del Gobierno En el Área Metropolitana de Madrid
Fotografías: Fran Pallero

Trasladar esta charla al papel -y a la red- va ser muy difícil. Pedro Doblado Claveríe (Santa Cruz, 1928) tiene una memoria poco común y una cabeza perfectamente estructurada. Y no se corta. Va a cumplir el exalcalde de Santa Cruz (1965-1970) 91 años. Cuenta con mi admiración y mi respeto. Es un hombre cultísimo, seguidor de Ortega y de la generación del 98 y un joseantoniano sin fanatismos. Y uno de los más grandes especialistas en urbanismo de España. Hasta el punto de que Vicente Mortes, a la sazón ministro de Franco, lo nombró delegado del Gobierno en el Área Metropolitana de Madrid y tuvo que dejar la Alcaldía. El diseño de la zona madrileña de Azca es suyo. El trazado de las grandes vías que hoy hacen posible la vida en Madrid (M-30, M-40) es de su etapa en el Área Metropolitana. Se le nota la vena orteguiana, menos en el pesimismo. Yo creo que es un hombre optimista. Y cuando su esposa, Verónica, lo viene a buscar a Los Limoneros, ya terminada la conversación, se les nota mucho a ambos que ahí hay amor: “Sin ella yo no soy nada”, me había dicho Pedro, antes de que Verónica llegara.

“Si me hubieran preguntado a mí por lo de Las Teresitas”, me dice, “a lo mejor se habrían ahorrado muchas cosas en el juicio”. Coincide conmigo -y con Eligio Hernández- en que los jueces no saben de urbanismo. “Nosotros creamos el urbanismo en Santa Cruz a fuerza de planes parciales, porque al mismo tiempo se tramitaba la ley del suelo. Yo fui concejal con Robayna y con Joaquín Amigó antes de ser alcalde; conocía bien el Ayuntamiento”. Me dice que lamenta que el Ayuntamiento actual no haya sabido dar un vuelco a la sentencia sobre el edificio de Perrault, en San Andrés, derribado para construir otro parecido en su lugar. “Había elementos para crear normas que dejaran sin efecto los criterios de la sentencia”.

Su padre, jurídico militar, trabajaba en el despacho de Orozco, el Orozco ministro. Y él se aficionó al derecho ahí, en ese despacho, “en el que no cobraba casi nadie”. Terminó la carrera y se puso a ejercer. Pero la política municipal le pudo. No cobraba un duro en el Ayuntamiento; bueno, sí, 70.000 pesetas al año en dietas que se le iban en regalos de boda y en ramos de flores a las parturientas. “Siempre le debía dinero a Amadeo Alsina, que era mi secretario. Con mis primeros sueldos en el Área Metropolitana de Madrid le pagué lo pendiente. Yo había ahorrado algo como abogado, ya en mi propio despacho, pero del Ayuntamiento salí sin una peseta”.

Casi nadie sabe que Pedro Doblado fue el fundador y primer presidente del diario Canarias 7. Y casi nadie sabe tampoco que fui yo quien le recomendó a su primer director, Francisco Sardaña Fabiani, que fue quien lanzó el periódico. “Tenía un defecto”, me dice, “y era que en la incipiente época digital, Sardaña escribía todavía con una Olivetti”, se ríe. No sabe quizá Pedro que Umbral se murió escribiendo con su Olivetti. Y que yo, cuando dirigí La Gaceta, no quise integrarme en el sistema. Usaba mi propio ordenador.

“Los que fueron a América enviados por Felipe II trazaron muy bien las ciudades. Los españoles somos muy buenos en esto del urbanismo. Mira La Laguna. Cuando me citó la Comisión Central de Urbanismo en Madrid para que yo expusiera mis ideas, las que quería aplicar en Santa Cruz, parece que convencí. Estuve en Chile, en el Congreso Hispano-Americano-Luso-Filipino de Urbanismo, con Carlos Arias, Fernando Dancausa, Del Valle Menéndez y algunos más. Yo creo que ahí se dieron cuenta de que mis ideas valían y en 1970 me llamaron para que aceptara la Delegación del Gobierno para el Área Metropolitana de Madrid. Eso abarcaba lo que llamaban (el origen de la palabra es árabe) el alfoz, 21 municipios más la capital. Carlos Arias, al que yo conocía mucho, se cabreó, porque él quería diseñar su Madrid, a su manera. Cuando lo nombraron presidente del Gobierno me cesó, pero dijo que se me diera el puesto que yo quisiera, menos el Gobierno Civil de Barcelona. Yo no quise seguir en política. Elegí la banca”.

Fotografías: Fran Pallero

Estuvo en el Banco Occidental, en el que fue ascendiendo hasta convertirse en consejero. Estuvo también en Sodicán. Y ya digo que fundó un periódico. Pero él tenía dos o tres oposiciones hechas, entre ellas la del Cuerpo Técnico de la Administración del Estado. Desde los 18 años trabajó en el puerto de Santa Cruz y allí ha permanecido años y años, con muchas alegrías y algunas putadas conspirativas, de las que no se ha librado en el pasado, aunque ha salido airoso de ellas.

Santa Cruz le debe la moderna red de aguas, la construcción de miles de viviendas sociales -“ni un ciudadano sin vivienda”, decía siempre- y el primer desarrollo de sus barrios. Se queja de la falta de colaboración de La Laguna, que no quiso enchufarse al saneamiento conjunto de una nueva área metropolitana. “No es concebible hacer un plan, cualquiera, para Santa Cruz, sin la colaboración de La Laguna”.

Y fíjense en su concepto del humanismo técnico (la definición es mía): “El planeamiento es una ciencia humanística”, dice Pedro, “no es una disciplina científica. En el planeamiento existe un gran contenido social. Yo estudié derecho como si fuera una reválida y me fijé mucho en el derecho natural, que es el que regula la convivencia. Vale que exista el derecho civil y el penal, pero el administrativo no es derecho, sino que permite que el hombre viva en ciudades. Si aparece una norma nueva es porque los tiempos han cambiado. Por ejemplo, la ley del 57 es una norma elemental de creación y desarrollo de las ciudades, pero la ordenación del territorio viene luego. El espacio hay que cuidarlo. Pero es bueno ser ambicioso y tener visión de futuro. José Carlos Francisco (presidente de CEOE) se refirió muy bien, no hace mucho, a la unidad de la isla, a través de un flash visual desde un avión, viajando de noche. Tú no puedes ubicar un parque de bomberos donde los camiones lleguen tarde a un incendio, sino donde su actuación sea más eficiente. Es sólo un ejemplo”.

“Estamos gafados”, Pedro, “con Las Teresitas. Vaya lío”. Y me dice: “Trabajamos mucho en un plan para Las Teresitas. Yo tenía una corporación fantástica (cita a Romerito, a Isaac Jiménez, a Juanito Domínguez y a otros). En el asunto último de Las Teresitas nadie me consultó y yo tengo todos los papeles. Aquello fue una cosa de 150 millones de pesetas: 50 los puso el Ayuntamiento, 50 el Cabildo y 50 los teresitos (propietarios), algunos de los cuales ni siquiera llegaron a entregarlos, sino que el Ayuntamiento los aportó. Aquella era una pura especulación de los teresitos; ninguno de los propietarios privados, o casi ninguno (y cita con cariño, y como excepción, a Pepe Delgado), miraba para el bien de la ciudad. Y luego se organizó una campaña para que no se construyeran allí hoteles. ¡Pero si habría sido la salvación! Más tarde me fui a Madrid y me desentendí del asunto, pero antes de irme había hablado con el gerente de los Fosfatos de Bucraa para lo de la arena, que finalmente vino en tiempos de Loño”.

“¿Y el puerto, Pedro?”. Este es uno de sus amores. “Se han perdido 15 años de política portuaria que ahora se intenta arreglar. Me han llamado para que haga algunos informes y estoy trabajando en eso. Yo creo que el actual equipo lo puede hacer bien”.

Y entonces me revela algo que no había contado nunca. “Mira, cuando renovamos la iluminación de Santa Cruz, yo fui a Eindhoven, en los Países Bajos, a estudiar la última tecnología de Philips. Estuve varios días allí y entonces técnicos judíos me invitaron a ir a Israel para estudiar el proceso de ósmosis inversa; para abreviar, la desalación del agua del mar”.

“¿A Israel?”, le pregunto. “Pero si no había relaciones con Israel”. “Tú lo has dicho. Llamé al ministerio para que me autorizaran a viajar allí y tanto el subsecretario como el ministro, que creo que era Camilo Alonso Vega, me lo negaron. O no sé si la cosa llegó al ministro, pero me lo negaron, porque yo acudí primero al subsecretario porque sabía que Alonso Vega no lo iba a autorizar. Total, que me fui de Eindhoven a Roma, cogí un avión y me planté, sin permiso oficial, en Israel. No me sellaron el pasaporte, conscientes como eran las autoridades israelitas de mi situación, sino que me entregaron un salvoconducto. Recorrí todo el país”.

“Yo conozco Israel, Pedro, sé de la obsesión de los judíos por enseñar sus logros a los demás y de las facilidades para trasladar su ejemplo al mundo”. Y me dice: “Es que me dijeron que si yo era capaz de crear una sociedad hispano-israelita con el aporte de los judíos que residían en Canarias, nos facilitarían, gratis, todas sus patentes. Pero no lo conseguí. ¡Ellos sabían que estábamos consumiendo aguas fósiles y nos querían ayudar!”.

Se fue a Israel durante la guerra de los seis días (5 al 10 de junio de 1967), visitó la franja de Gaza, la ciudad de Eliat, la línea fronteriza con Jordania, las zonas conflictivas del río Jordán. Y todo para lograr el aprovechamiento de un bien nuestro tan escaso como es el agua. Se siente Pedro Doblado un tanto frustrado porque de aquel viaje y con tanto riesgo no consiguió nada. “Pero nadie se enteró de aquello, te lo estoy contando a ti por primera vez”.

De política hemos hablado poco. ¿Y saben por qué? “Pues porque la ignorancia de los políticos en materia administrativa” -me dice- “es terrible. La política debe ejercerse en el Parlamento y la gestión pública hay que saberla manejar. Para eso están los funcionarios, un cuerpo preparado que hace que las normas, el derecho, se cumplan. Los políticos, que ahora son una suerte de ignorantes, no deben sustituir a los funcionarios. Estos políticos de hoy no saben lo que es trabajar, tampoco lo que es la vida, la mayoría son ninis sin oficio ni beneficio y su ignorancia en materia administrativa es supina”.

Sí hablamos de su infancia y de su juventud. Recuerda el mitin del anarquista Durruti, en Santa Cruz. Durruti murió de un tiro en Madrid, en el 36, posiblemente asesinado por un grupo de desertores de sus propias filas. Recuerda que a su padre le pusieron dos guardias de asalto de escolta porque, siendo juez municipal, dictó sentencias contra el poderoso Sindicato de Inquilinos. Y lo amenazaron de muerte. “Nosotros jugábamos con sus fusiles. Dormían los guardias en la parte baja de mi casa”. Pedro detesta la partitocracia, pero ama la democracia y no renuncia a uno solo de sus cometidos anteriores: fue también delegado del SEU (lo sustituyó en el Sindicato Español Universitario su amigo –y mi amigo—, el abogado Domingo Pérez, de quien habla muy bien). “Los partidos”, me dice, “son instrumentos de los políticos; por eso no creo en ellos”.

Su abuelo había sido administrador de Correos. Tiempos de don Víctor Zurita y don Tomás Calamita en Telégrafos. Y qué tiempos. Desde su casa, en Costa y Grijalba, se escuchaba, de noche, la lenta agonía de la fábrica de electricidad, cuyo solar aún existe. Pero era capaz, en su miserable renquear, de dar luz a la ciudad. Se enamoró de la generación del 98. Es lector de Unamuno y devoto de Ortega. Y seguramente por eso le duele España, como le dolía al rector de Salamanca. Y como es orteguiano cree que la amistad nace de “un proyecto sugestivo de vida en común. Lástima que mis amigos de la infancia se hayan muerto, pero me quedan algunos, que me gané en el trabajo”.

Hemos estado tres horas hablando, Pedro con un solomillo de Los Limoneros –que le pareció francamente bueno- y yo con un salmón a la plancha, exquisito. Mariano Ramos no pierde detalle en la distancia: sabe de la calidad del invitado. Al cabo viene Verónica a buscar a Pedro. Queda pendiente un vaso de vino, en su casa, cuando sea menester, para seguir la charla.

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