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Una misa en París

Una de las circunstancias relevantes de las recientes elecciones andaluzas no ha sido casi mencionada: se trata de que tres partidos significativos para el sistema concurrían con candidatos enfrentados a sus direcciones nacionales. El caso más importante fue el socialista, cuya candidata había sido, nada menos, que la derrotada por el actual secretario general en unas primarias de toda la militancia. Es un caso destacable, además, porque el enfrentamiento entre los dos trasciende lo personal y es profundamente ideológico: Susana Díaz representa una opción socialista moderada, lo más parecida a la socialdemocracia que es posible dentro del PSOE, frente al extremismo radical, sectario y aventurero de Pedro Sánchez, de puño en alto y canto de La Internacional; una opción que, pese a todo, es minoritaria entre los socialistas andaluces y en su organización.

Por su parte, el candidato de los populares y su gente habían apoyado hasta el final a Soraya en contra de Casado, y se alinearon -y se alinean- con las tesis de Rajoy y la antigua vicepresidenta en contraposición al aznarismo y a Esperanza Aguirre. Por último, Adelante Andalucía y su candidata, al igual que su marido, el alcalde de Cádiz, son exponentes de un radicalismo coherente y muy anclado en la realidad social andaluza, un radicalismo marxista que, a duras penas, disimula su enfrentamiento con el cesarismo estalinista, dictatorial, incoherente e inauténtico de Pablo Iglesias: es lo que significa vivir en un piso modesto de un barrio modesto o en una casa palacio -una dacha- de una urbanización residencial, adquirida gracias a un trato de favor de una entidad bancaria, una de esas a las que se simula criticar. Definitorio y revelador en ambos casos.

Como vemos, pugnas personales e ideológicas en las tres candidaturas, aunque destaca el caso socialista, porque reproduce el conflicto secular que divide a ese partido desde sus tiempos fundacionales: Karl Marx o Eduard Bernstein, Largo Caballero o Indalecio Prieto. Y también en los tres casos el enfrentamiento tuvo consecuencias en el voto, otra vez de manera más acusada en el campo socialista: las tres candidaturas sufrieron retrocesos electorales, si bien en los populares influyó mucho el fenómeno Ciudadanos, y en Adelante Andalucía, una mal ensamblada y peor gestionada alianza entre la franquicia andaluza de Podemos e Izquierda Unida.

Lo sucedido a Susana Díaz es absolutamente revelador. Su derrota vino motivada en gran parte por la abstención, por lo que ha sido presentado como una desmovilización socialista y de la izquierda, en general. Lo que no se ha reconocido es que esa desmovilización vino incentivada por el sanchismo, por una abstención del electorado sanchista que castigó a los candidatos susanistas. Ya durante la campaña Pedro Sánchez, con dos únicas intervenciones, disimuló peor que Casado y que Iglesias su falta de compromiso con la candidatura.

En la Moncloa han celebrado el resultado y le han indicado a Susana la puerta de salida vía dimisión. Una derrota bien vale librarse de ella, París bien vale una misa, han concluido. Pero Andalucía es un granero de votos socialistas y, al contrario que al hugonote Enrique IV, a Pedro Sánchez la misa de la derrota le puede costar el trono de París.

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