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Zapatillas de cuadritos

Puede que las zapatillas de cuadros sean una metáfora de la vejez, pero a mí me encantan los borceguíes de fieltro, tan comunes en La Laguna y zonas húmedas y frías, que me regaló un amigo. Las zapatillas de cuadritos, blancos y azules, significan el confort del atardecer y un relajo para los pies cansados del día. Debo hacer un elogio de ellas, que además fueron usadas, más que nadie, por don Pío Baroja, que para muchos fue el mejor novelista español y para mí un escritor como cualquier otro, bueno desde luego. Las zapatillas de cuadros que tengo listas en un rincón de mi cuarto fueron el regalo de un amigo lagunero, que se iba a ofender si yo doy el nombre, así que me guardaré mucho de hacerlo, aunque yo creo que por ahí ha salido alguna vez. Al lagunero le encanta mucho esta parte del atuendo cotidiano, del que uno acaba siempre sacando al aire el dedo gordo del pie, puede que para ventilar, puede que porque dé gustirrinín perforar el fieltro, poco a poco, levantando el ñame. Las zapatillas hay que usarlas sin calzar el calcañal sino pisando siempre su parte posterior; y ahora que no tengo nada que contar creí necesario hacer un elogio de ellas, porque me han acompañado en silencio tantas noches de mi vida, incluyendo las muchas de insomnio, por culpa de la propia vida y de la Hacienda (pública). Se quejan mis lectores de que me hago el viejo y el acabado cuando estoy como una rosa y me advierten de que Dios me va a castigar. Pero como yo creo que Dios no existe, no hay cuidado. Si me castiga alguien, será otro. Por cierto, qué gozada, el otro día, eso de caminar un buen rato por la Calle Real de La Palma. No en zapatillas, claro. Ya lo contaré.

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