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El tibio

A la hora en que escribo, Sánchez no ha reconocido como presidente de Venezuela a Guaidó. Si Sánchez se pone el termómetro, aunque sea en medio de una epidemia de gripe, siempre tendrá 36 grados. Es decir, es un tibio, que le tiene un pánico atroz a chavistas de reconocido mérito, como Pablo Iglesias. Juan Guaidó, también a la hora en que escribo, está desaparecido, por si acaso. El miedo es libre. El venado de Maduro concentra sus iras en las embajadas y consulados norteamericanos, que quiere cerrar y expulsar a sus funcionarios. Venezuela es un caos, pero ya dije ayer que desde dentro se nota menos. Están tan acostumbrados al caos que lo creen normal. Hace muchos años que los venezolanos no disfrutan de su país, pero Sánchez el tibio todo esto lo ve de lejos y está esperando a que la UE dé un paso común contra Maduro para no tener que pedirle permiso al de la coleta, que lo sostiene en la presidencia del Gobierno de España. Desde luego, Sánchez no va a pasar a la historia de nada, reconozca o no reconozca a Guaidó, pero al mandatario español no le vendría mal un baño de dignidad, ni tampoco que le suba un poco la fiebre. Maduro está mantenido por la milicia venezolana, pero no por toda, sino sólo por las llamadas gorras grandes. Hay cientos, quizá miles, de militares presos, incluso torturados por el chavismo. Maduro ha perdido toda legitimidad, porque no ha falsificado una tesis doctoral, sino que ha alterado el resultado de varias elecciones. Ha hecho trampas. No es un delincuente académico, sino un delincuente político; además, apenas sabe leer y escribir. Por una vez, y que no sirva de precedente, estoy de acuerdo con Donald Trump. Que Maduro se vaya y que empiece un tiempo nuevo para los venezolanos.

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