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Historias que no fueron jamás contadas

El domingo, después de sólo cuatro horas escasas de sueño, me desperté lúcido, pero un puntito sobreexcitado. Me vinieron a la mente sucesos que nada tenían que ver ni con lo soñado, ni con el momento

El domingo, después de sólo cuatro horas escasas de sueño, me desperté lúcido, pero un puntito sobreexcitado. Me vinieron a la mente sucesos que nada tenían que ver ni con lo soñado, ni con el momento. Me había dormido a las seis de la mañana, después de transcribir la entrevista a Julio Fajardo publicada ayer y de ver una mala comedia franco-belga. Una de las peores películas de la historia del cine. Y empecé a darle vueltas a cuando Pepe Oneto me contó, años ha, que conocía a un tío que le decía de todo a cierto juez, porque lo tenía agarrado por los huevos. Dándole vueltas a la cosa, yo creo que Pepe se refería al comisario Villarejo, que desde entonces habitaba en las cloacas del Estado, aunque Oneto no me reveló su nombre. Nunca he escrito sobre este asunto, no por otra cosa que por falta de datos. También me vino a la memoria el último amor (platónico) de Ramón Serrano Súñer, entonces nonagenario o casi, no descrito en ninguna de sus biografías, ni tampoco en otras referencias históricas. Fue una dama de la sociedad chicharrera, que aún sigue siendo joven y guapa. No sólo la marquesa de Llanzol, Sonsoles de Icaza, conquistó el corazón del famoso cuñado de Carmen Polo de Franco. Y, como el asunto se quedó fuera de la entrevista con Julio Fajardo, también le di vueltas a algo que me dijo. Este cofundador de Los Sabandeños opina que el éxito de este grupo sólo estriba en que cambió el estilo de interpretar el folklore y que entonces los demás lo imitaron, hasta en la forma de colocarse en los escenarios. Con estas matraquillas me levanté, ustedes disculpen, y me dirigí al ordenador para contarlo. Mi excitación cesó en cuanto lo eché fuera, porque soy un periodista incorregible; para mi desgracia.

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