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La estética del nada que hacer

Entre los jóvenes españoles, por desgracia, se ha instalado la estética del nada que hacer, salvando, por supuesto, algunas honrosísimas excepciones. Son los ninis, los que ni estudian, ni trabajan, ni dan puto golpe, sino que viven a costa de los mendrugos que salen de las manos de sus padres. Estos insensatos explotan sin piedad a padres, e incluso a abuelos, mamándoles sus pensiones. Y en el país se instala, como digo, la estética del nada que hacer, que de estética tiene bastante poco y de ética, nada. Los tipos hacen filigranas para subsistir y cumplen cuarenta años y siguen viviendo a la gorra, sin que les remuerda la conciencia. Y lo más dramático es que tú los ves y ponen caras de cansados, como si hubiesen estado cargando sacos desde las ocho de la mañana, con los ojos como chopas, fuera de sus órbitas, y la cejas enarcadas cual si no hubiesen dormido en semanas. En esta tropa descansará el país en los años venideros, por lo que le auguro un mal futuro a España, que está viviendo una etapa dramática de su historia, entre otras cosas porque está dirigida por un caradura -Pedro Sánchez-, quien, como dice Alfonso Guerra, no ha leído un libro en su vida. ¿Y qué hacemos, entonces? No sé, yo no soy ni un augur, ni un zahorí, que deben significar más o menos lo mismo. Yo me baso en la famosa frase sin sentido de don Luis Membiela de Vidal, director que fue de nuestra Hoja del Lunes: “No hace falta acudir a los eruditos, a los santos padres, ni al Aquinatense, para deducir que el porvenir es obvio”. Toma ya. La estética del nada que hacer nos invade y a mí me causa cierta zozobra porque no le veo solución a la cosa. ¿Y ustedes?

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