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Niño caído en pozo

El hecho no es nuevo, por desgracia, y el morbo tampoco. En un pueblo de Málaga se ha caído un niño a un pozo, o eso sospechan. Ha sido en Totalán, un lugar perdido en el mapa, que ya no lo estará, al menos por un tiempo. Sus padres asistían a una barbacoa, el niño se alejó y cayó por un estrecho y profundo boquete, que, porque el diablo es diablo, no estaba ni cubierto ni posiblemente señalizado, aunque si estuviera señalizado un niño de dos años no lee carteles. La tardanza en el rescate ha congregado en el lugar a más periodistas que bomberos e ingenieros y cada uno sostiene una tesis distinta: túneles verticales, túneles horizontales paralelos y otras soluciones de emergencia. Una cámara informa de que el niño no se ve en el interior y de que es posible que haya sido sepultado por sedimentos o desprendimientos. Los telediarios ya abren con el suceso y el morbo nacional, al que este país es tan propenso con los sucesos y con todo, se ha desatado. No hay recato en jugar con la pena y tampoco existe cortapisa alguna para hacer juegos malabares con la tragedia. En realidad, la vida misma es una tragedia y estas son sólo tildes dramáticas que la puntúan con una crueldad terrible. Se ha caído un niño a un pozo. Casi nadie recuerda su nombre, pero sí se hacen conjeturas sobre los culpables: o los dueños del pozo, que no habían tapado su boca, o los padres del niño, que descuidaron la custodia momentánea del pequeño. Mientras tanto, el drama sigue y cuantas más palas mecánicas, más guardias civiles, más ingenieros y más periodistas, más grande se hace la tragedia. Si rescatan al pequeño, vivo o muerto, empezarán las acusaciones y los juicios paralelos. Lo de siempre. Ah, el niño se llama Yulen.

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