
POR José Guillermo Rodríguez Escudero *
“El 16 de enero de 1957 ocurrió la mayor catástrofe natural del siglo en Breña Alta, el tremendo aluvión de agua, barro, piedras y troncos…” .
Pérez Hernández, 2002
“La triste Breña aquel día/ Verlas pena daba ya./Era una calamidad/De tristeza y agonía./Por donde quiera se veía/El conducir un herido/Tantos “ayes” y gemidos./Tanto dolor, tanto asombro/Buscando entre los escombros/A varios seres queridos…
Nicolás Gómez Hernández
RIADAS EN CANARIAS
Los aluviones de los cauces canarios reproducen rasgos propios de los habituales en zonas áridas y abruptas, caracterizados por lo repentino de su presentación y el ímpetu de sus aguas. Adquieren éstas toda la velocidad y potencia de arrastre que les confieren las fuertes pendientes de laderas y barrancos. Así pues, en la isla, el mayor problema de las crecidas de cauces no radica tanto en los peligros de anegamiento como en la capacidad destructiva de los frentes de avenida (en Canarias, la mayoría de las víctimas de las riadas perecen al ser destruidas y arrastradas las casas en que se acogen). Las características de la red hidrográfica de La Palma –la isla más alta del mundo en comparación con su superficie- son los propios de su juventud geomorfológica: laderas muy escarpadas y cauces de fuertes pendientes y ocupando el fondo de barrancos profundos y encajados. Casi nunca forman ramblas amplias, incluso en los tramos de su desembocadura, con lo que sus márgenes no ofrecen por lo común demasiados atractivos para el asentamiento de la población. Tampoco alcanza ésta, por otro lado, una densidad tal como para que exista una fuerte propensión a colonizar terrenos bajo la amenaza de las riadas. De modo que, en principio, no cabe pensar que las inundaciones representen la mayor amenaza que se cierne sobre la isla y la seguridad de sus habitantes. Pese a cual, no dejan de constituir un riesgo que, de tarde en tarde, se hace realidad con caracteres catastróficos. Así lo dejan ver los datos disponibles con respecto a pasados desastres. Por lo que se sabe, el mayor de este siglo -el único con tanta cantidad de víctimas mortales en la Isla-, y probablemente de toda su historia, se produjo el 16 de enero de 1957, cuando un temporal, que la afectó en casi su totalidad (en Los Sauces llegaron a recogerse más de 500 l/m2 en 48 horas), “dio ocasión al desbordamiento de varios cauces y, en especial, al de los barrancos de Aguacencio y Amargavinos, en Las Breñas, cuya riada, de más de 100 metros de ancho, arrasó varias viviendas y se cobró la vida de 32 personas. (Boletín Oficial de Canarias)”.
“Todo el mundo se temblaba / Viendo tanta agua correr / Nadie lo podía creer /Que tantas almas llevara / Más tarde cuando aclaraba /Que se reunía la gente /Yo esto lo tengo presente / Cuando empezó en Media Luna / Siguió por los Montes de Lun a / Las Manchas y Fuencaliente”.
Emiliana Pestana
Puede considerarse lo insólito de este aluvión (de cuyas circunstancias hidrológicas, no hay, que se sepa, estudios) por lo mucho que pesa la cifra de sus víctimas en el total del medio centenar corto de muertes que a lo largo del siglo XX han ocasionado las riadas en el conjunto de las cuatro islas occidentales del Archipiélago.
“Quiero manifestar mi preocupación porque se siguen ocupando los cauces de los barrancos de Aduares y Aguacencio con nuevas construcciones. La tentación de ocupar los espacios es grande, pero los peligros son también grandes. Hemos referenciado cuatro grandes riadas históricas con funestas consecuencias. Si hay más viviendas en los cauces, una quinta riada traerá más víctimas. ¡No desafiemos a la Naturaleza, cuyas fuerzas son superiores a las nuestras!”.
Alfredo Mederos, Universidad de La Laguna, 2005
*INVESTIGADOR
