tribuna

Con arpa, cuatro y maracas

Estuve en Venezuela creo que en 2007, ya instalado plenamente el chavismo. Eran unos años sorprendentes. Esos que provocan la curiosidad frente a los milagros imposibles, ante la perplejidad que causan en algunos las innovaciones que barruntan el fracaso del déjà vu, porque ya han contemplado esos escenarios en más de una ocasión, y los consideran un acto repetitivo y aburrido en su reiteración.

Estuve en Venezuela creo que en 2007, ya instalado plenamente el chavismo. Eran unos años sorprendentes. Esos que provocan la curiosidad frente a los milagros imposibles, ante la perplejidad que causan en algunos las innovaciones que barruntan el fracaso del déjà vu, porque ya han contemplado esos escenarios en más de una ocasión, y los consideran un acto repetitivo y aburrido en su reiteración. Fui a grabar un programa de televisión en el Hogar Canario Larense, en la ciudad de Barquisimeto. Paseaba por la parte vieja y escuchaba la música del Llano repicando el cuatro en pasajes y joropos saliendo de altavoces escondidos entre las ramas de los árboles de las plazas.

Tenía un tono bajo y tranquilo, como para no molestar, dejando caer suavemente la hermosura de las composiciones de Juan Vicente Torrealba. En el hotel donde me hospedaba había reuniones, todas las tardes, de los círculos bolivarianos. Parecían gente tranquila y ordenada que estaba desarrollando un debate de la democracia real que aún no había aprendido a ser asamblearia. Jóvenes pacíficos vistiendo sus camisas moradas atendían a los temas que les proponían sus monitores. Estaban instalando una política de participación que había venido para quedarse, y noté cierta ilusión en sus actitudes.

No alzaban la voz y sonreían llenos de esperanza, como si estuvieran iniciando un camino a un futuro mejor del que habían imaginado hasta ese momento. Estaban comenzando una revolución, eran la semilla de aquello que terminaría instalándose definitivamente. No es posible una revolución que no venga acompañada de una ilusión ferviente.

Vi muchos uniformes por las calles, en los aeropuertos, en los restaurantes y en los hoteles, pero eso parece que es congénito con la idiosincrasia sudamericana. Me sorprendió no ver ninguna fotografía del comandante Chávez. Todo lo presidía un enorme retrato de Bolívar. Bastante malo, por cierto. Parecía una de esas torpes pinturas de la escuela del Cuzco. Se trataba de quitar protagonismo al artífice de la revolución. El comandante era solo un agente ejecutor que venía con el encargo del más allá para reponer la agresión imperialista; algo que siempre ha funcionado por aquellas latitudes. Todo en nombre de un indigenismo que nunca estuvo presente en el proceso de independencia. Veía cada día el programa Aló presidente, que era una escenificación poco rigurosa de una acción de gobierno extremadamente populista, pero pensé que era propaganda para acrisolar los valores revolucionarios. Más tarde me di cuenta de que era solo eso: propaganda.

Todos los viernes venía un avión de La Habana con oculistas que operaban de cataratas a ancianos venezolanos, que luego pasarían a ser alfabetizados por un sistema rápido desarrollado por los llamados facilitadores cubanos. Se llamaba ampulosamente Operación Cataratas y parecía como si un torrente de bienestar e igualdad se estuviera derramando sobre el país. Estaba bien aquello. Lo que se ocultaba era que no se estaba construyendo una sociedad productiva, que todo estaba subvencionado por las facilidades del mercado del petróleo, que se estaban endeudando a pasos agigantados con el único objetivo de afianzarse en el poder. Así siguieron hasta que acabaron arruinando a la nación y colocándola en el abismo donde se sitúan las sociedades irrecuperables. Otro ensayo de sangre, sudor y lágrimas que no conduce a ninguna parte.

El descontento y la demagogia es lo que lleva a estos experimentos. Lo lastimoso es que para salir de la situación sea precisa la presión que otorgan los estómagos vacíos. La desesperación no es recomendable para dar un vuelco a la política. Hace hervir demasiado al cerebro y nunca puede considerarse una actitud serena la que empuje a ello. El bolivarianismo intentó poner en marcha la alianza de los países ALBA en el conjunto del Continente. A base de petróleo se inundaron las cancillerías de los simpatizantes. Todo eso se acabó, ha terminado desmoronándose. Se veía venir. Ahora solo queda echarle la culpa a los mercados internacionales y a confabulaciones de intereses oscuros, cuando la realidad es que unos locos despilfarraron el capital de sus compatriotas para conseguir veinte años del disfrute del poder.

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