Addoor Sticky
conversaciones en los limoneros

Wolfredo Wildpret: “El mundo pertenece a los que dominan el mercado”

Cuando me dirigía a casa, por la autopista del Norte, tras almorzar con el profesor Wolfredo Wildpret de la Torre (Santa Cruz, 1933) y su esposa, la también profesora de La Laguna Victoria Eugenia Martín Osorio, pensé: “Vamos a ver, ¿para qué he tomado tantas notas de la vida y la obra de Wolf, cuando ya lo ha publicado todo Dolores Hernández Díaz en una entrevista magnífica de 2002?”.

Cuando me dirigía a casa, por la autopista del Norte, tras almorzar con el profesor Wolfredo Wildpret de la Torre (Santa Cruz, 1933) y su esposa, la también profesora de La Laguna Victoria Eugenia Martín Osorio, pensé: “Vamos a ver, ¿para qué he tomado tantas notas de la vida y la obra de Wolf, cuando ya lo ha publicado todo Dolores Hernández Díaz en una entrevista magnífica de 2002?”. Pueden leerla en Internet. Y a mí me interesa mucho más el personaje. Le debo mi ingreso en el Instituto de Estudios Canarios. Le debo que me distinga como amigo suyo. El otro día me llamó y yo estaba en Monóvar, la patria chica de Azorín, el pueblo más feo del mundo. Wolf y yo nos conocemos de toda la vida. Y sólo tres pinceladas del pasado: su bisabuelo, suizo-alemán, fue jardinero mayor del Jardín Botánico de La Orotava, que paradójicamente se encuentra en el Puerto de la Cruz; su abuelo fue director del hotel Taoro; su padre fue catedrático de la Escuela de Comercio. Y él fundó la Facultad de Biología de La Laguna.

“¿Te puedo preguntar cómo conociste a tu actual esposa?”. Y me responde con una dosis de ternura: “Escucha el bolero Cómo fue. Y tendrás nuestra historia, de hace 25 años, que se mantiene”. No me lo esperaba. Voy a la dichosa Internet y me salen desde Benny Moré a José José, pero la letra dice, entre otras cosas: “Fue una luz/ que iluminó todo mi ser/ tu risa como un manantial/ regó mi vida de inquietud”. “Kika y yo” -¿escribo Kika así, Wolf?- “somos como los apofermentos y los cofermentos, que no pueden vivir separados. No me imagino mi vida sin ella al lado”. Y entonces su esposa le regala una sonrisa.

Estamos en Los Limoneros, ellos ante una merluza exquisita, con puerros, yo ante unos huevos fritos con chorizo. Como lo oyen. En Los Limoneros todo es posible. En todo caso se conocieron en Granada, tienen un hijo en común, que estudia en Alemania, y otros de anteriores relaciones.

“Has hecho tantas cosas que tienes que estar satisfecho. Tu currículo no cabe en las dos páginas que me dan”. “Vamos a empezar con un dato”, me dice; “de los 600 estudiantes selectos españoles que se han marchado a los Estados Unidos en los últimos tiempos sólo han regresado a España 80. 520 se quedaron allí. Y, mientras, nosotros financiando gratuitamente a nuestros cerebros, el gran mal endémico de la universidad española”. “Me han dicho que ahora te lo sabes todo sobre el siglo XVIII en Canarias”. “Pues lo intento, aquí vinieron los más ilustrados del mundo a investigar sobre las islas. Y, de entre los nuestros, tienes a los Iriarte: embajadores, literatos, participando uno de ellos, Domingo, en la Paz de Basilea. Y Agustín de Bethencourt, un genio universal. El estudio de sus vidas es apasionante. Hasta Darwin, ya en el XIX, vino a esta isla, pero no lo dejaron bajar del barco porque tenía síntomas de cólera, aunque no lo mató la enfermedad”.

El profesor Wildpret es un enamorado del Puerto de la Cruz. Su abuelo montó aquel precioso edificio de madera llamado Thermal Palace, en la Playa de Martiánez, un balneario de gran categoría. Acabó pagando un alto precio por su audacia y se arruinó. Su padre se confesaba ateo, “pero lloraba al paso del Gran Poder de Dios ante el balcón de los Topham-Wildpret, en la calle portuense que lleva el nombre del doctor Ingram. Lo llamaba, como lo llaman los ranilleros, el Viejito. También mi hermano Leo y yo llamábamos viejo a mi padre, en un momento dado de nuestras vidas. A él le gustaba”.

Wolf es Premio Canarias, naturalmente, y doctor honoris causa por la prestigiosa universidad Leibniz de Hannover. Le concedieron el premio -igual de apreciado- Reinhold Tüxen, que se entrega cada tres años a un profesor alemán o a otro no alemán, pero sí germano parlante, alternativamente.

Con 16 años, tal era su pasión por la botánica, ayudaba, ad amorem, al profesor Eric Ragnor Sventenius, un genio. “Fue mi gran maestro, tantas veces ignorado”. Y lanza unas frases lapidarias: “El desarrollo sostenible es una gran utopía, a la que hay que atender. Porque es el progreso lo que significa una utopía. ¿A quién pertenece el planeta?, ¿al ser humano? ¿A los ecosistemas quizá? No, el mundo pertenece a los que dominan el mercado”. Varias especies botánicas llevan su nombre. Esto para un científico tiene que ser la leche. “Mira, el cambio climático ha sido un elemento productor de riqueza porque gracias a ese cambio se están produciendo nuevos hábitos de vida y grandes inventos y desarrollos industriales y científicos de enorme calado”.

Obtuvo la cátedra de La Laguna en el 70. “Las oposiciones duraron veinte días, eran muy duras, pero yo creo que las gané porque era canario y el tribunal sabía que me iba a quedar aquí”, me dijo, modestamente, el profesor. “Y hasta te metiste en política”. “Sí, pero sin partido, nunca me afilié. Trabajé con tres presidentes del Cabildo, con Galván, con Miranda y con Clavijo”. Para los tres tiene muy buenas palabras. Puso, con otros, en la estratosfera el Aula de Cultura. Jamás el Cabildo tinerfeño había editado tanto y tan bueno. Y para demostrar cuán ingrata es la política, cita al liberal Ruiz Jiménez, que fue ministro de Educación con Franco. “Él mismo lo contaba: “Esta mañana entré en el ministerio y el bedel no me saludó. Llegué a mi despacho y me encontré la carta con mi cese. El motorista, en mi ausencia, la había dejado sobre mi mesa y el bedel se había enterado”. “Así es la vida”, me dice.

“En aquellos tiempos”, comenta Wolf, “no cobrábamos. Nos daban cincuenta pesetas de dietas, o algo así. Una vez, para hablar con Clavijo de los proyectos culturales que teníamos, me dijo: “Me voy a Madrid, vente conmigo en el avión y así hablamos sin que nos den la lata. Y así lo hicimos. Despachamos en el aire y yo tenía la intención de tomar un vuelo de vuelta, nada más llegar a Barajas. Pero Rafael no me dejó. Quería que le ayudara a realizar gestiones en la capital de España, como así hice. En aquellos tiempos conocí a Felipe González y a Alfonso Guerra, dos grandísimos políticos”.

Se considera de la generación del 600, de Laura Valenzuela, de las tertulias en el Dinámico portuense, de los mejores años del madrileño colegio mayor Nebrija. Del 53 al 60 estudió Farmacia en la Complutense. “Una vez nos pararon los grises, en los alrededores de la calle Princesa. Y nos pusieron contra la pared para cachearnos, sin encontrarnos nada. Nos armamos de valor y le preguntamos al menos agrio de ellos: “Oiga, ¿qué están buscando?”. “A un tío que lleve una tiza en el bolsillo”, nos respondió. “¿Una tiza?”. “Sí, han pintado algo contra Franco por la zona y estamos haciendo una redada”, indicó. Así eran aquellos tiempos”.

Llegamos a la muerte de Franco, con una anécdota que yo conocía, contada por los protagonistas. “Leoncio Oramas y Rafael Clavijo se fueron al palacio de El Pardo, en la agonía de Franco, a pulsar el ambiente político. Todo el mundo estaba allí, a verlas venir. Se metieron tanto en el meollo que llegaron a la sala donde habían depositado al general, ya fallecido, sin que nadie se lo impidiera. Aquello tenía que ser una locura. ¿Qué pensarían ambos, en una sala con Franco muerto, sin saber qué hacer”. “Bueno, Wolf, pues ellos cuentan que le dieron el pésame a doña Carmen y que salieron por patas”, le recuerdo.

Conocida mi afición por el mago, Wolfredo me relata una anécdota de lo más curiosa. Había hecho una incursión por las medianías, en busca de hallazgos botánicos, cuando vio a un mago que cultivaba la tierra y que no se dio cuenta de su presencia –cosa rara, porque ya se sabe que siempre hay un mago mirando-. “Le dije: no se asuste, no soy guarda jurado, ni policía, ni de Hacienda, ni siquiera de ningún departamento de Agricultura. Soy botánico y estudio los dragos”. El mago se relajó y me dijo esto: “¿Usted sabe que los dragos barruntan el tiempo?”. “No, no lo sabía”. “Pues se lo digo yo; cuando los dragos floran en una dirección, las aguas vienen por donde miran las flores. Esto no falla”. “Me quedé con la copla”, afirma el profesor Wildpret, que añade: “¿Sabes por dónde florecieron los dragos antes del Delta?: pues por todo el árbol. Y es que el agua llegó por todos los puntos cardinales. El mago sabe observar y hay que respetarlo”.

“¿Nos libraremos del rabo de gato?”, le pregunto. “El profesor Sventenius ya lo detectó en los 60, es decir, hace casi 60 años. El mago también tiene muy observada la especie y dice: “Esa planta no le gusta a las cabras, cristiano; la cabra se come lo de alrededor y deja el rabo de gato”; y eso fomenta su expansión. Pero es que lo hemos exportado ya a la Península. ¿Y sabes cómo? Pues en las ruedas de los coches. Ya se ha extendido de Motril a Málaga, o de Cádiz a Sevilla, que son rutas que usan quienes viajan a la Península en coche. En Hawái la cosa está peor y la invasión se acrecienta”. “¿Nos comerá el Teide, atacará a la flora de Las Cañadas?”, le pregunto. “No hay peligro: a los 700 metros se para, al menos de momento. No quiere subir a mayor altura”.

Casi nadie sabe que a la isla de Tenerife ya han llegado la ardilla moruna y las culebras. Están en los barrancos. Donde hay serpientes no hay lagartos, porque se los comen. Es un problema que puede ser grave en el futuro. Inevitablemente, le pregunto por la edad del Drago de Icod. “Con datos del siglo XIX y otras mediciones, una universidad alemana la calculó, ya en el año 70. El árbol tiene unos 600 años de antigüedad, que es mucho”.

El matrimonio Wildpret-Martín ha realizado y realiza importantes planes de parques botánicos y estudios de especies, con grandísimo éxito: en Icod, en San Blas (San Miguel), en Santa Cruz, en Güímar. Camuflaron con flora autóctona el impacto en el paisaje que produjo la fábrica de Coca-Cola. Y a Wolfredo Wildpret lo llaman de todas las partes del mundo para que imparta conferencias, en español, en inglés o en alemán, desde Hawái a Alemania, pasando por España.

Volvemos al pasado, porque este hombre tiene una memoria prodigiosa. “Mira, yo recuerdo las tertulias portuenses, en la casa de los Reimers, de un grupo liberal a la que asistían el culto padre Flores, el médico Celestino González Padrón, Eduardo Westerdahl, don José Martín y, por supuesto, Sventenius. Gente comprometida con la historia de su tierra y con sus problemas. Aquello era estupendo”.

Wolf pertenece a varias academias, entre ellas la de Medicina, la Canaria de Ciencias y la Canaria de la Lengua, y a otras instituciones más, que sería prolijo citar porque ya he dicho que en nuestra actividad siempre manda el espacio. Desarrolló una ingente labor como director del Instituto de Estudios Canarios. Fue quien respondió a mi discurso de entrada. Es una delicia la charla con este hombre que ahora no tiene prisa, gracias a Dios. Ni yo. El 16 de septiembre de 1933 vino al mundo en Santa Cruz; a las pocas semanas murió su madre. Su padre se volvió a casar y Wolf tuvo un hermano, Leo, que fue también gran amigo mío, farmacéutico, enamorado de los coches antiguos, siempre sonriente, dotado de un gran sentido del humor.
Wolf me dijo que había hecho, con su hija Natalia, un programa nocturno de música en la entrañable e inolvidable Radio Burgado. Es que también es un gran especialista en jazz, que escucha con frecuencia en la tranquilidad de su casa de Radazul, mirando al mar, cuando el guerrero reposa. Tengo la sensación de que me he dejado mil cosas en el tintero, pero a mí me interesa más, a esta edad, el hombre. Porque la obra ya la han contado otros. Remito de nuevo a esa entrevista de Dolores Hernández de la que les hablé al principio.

Una vez, hace muchos años, Wolf me habló de la eutanasia, que ya se practica en España de manera más o menos consentida. Entonces me pareció una postura cruel, me impactó, pero ahora le doy toda la razón. “¿Sigues pensando lo mismo?”. “Claro que sí”. Me había pedido un abrazo cuando nos saludamos en Los Limoneros. Ahora le pido yo otro a él. Y se marcha con Kika, a descansar a Radazul. Qué suerte, Wolf, eso de tener al lado una mujer así. ¿Volvemos a hablar de los cofermentos?

TE PUEDE INTERESAR