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La inquietud

En la vitrina de la sala de su abuela, veía el relicario...

En la vitrina de la sala de su abuela, veía el relicario. Charley Milward, el marino, se lo envió a su hermana desde Punta Arenas. El trozo de piel era maravilloso. Distinguía a quienes lo guardaban, como a los indios cuando sostuvieron por primera vez los sobrepellices rojos con los que comerció Colón el 12 de octubre del año 1492. Un resto de dinosaurio congelado en un glacial de la Antártida de Chile que Milward ayudó a rescatar. Cuando Bruce Chatwin fue mayor supo de la treta; imposible que su tío-abuelo sacara del frío a un animal de aquella especie. Pero allí se encontraba. Así que uno de los más altos expertos en arte contemporáneo con que contaba Sotheby’s, la gran empresa de subastas, dijo hasta aquí he llegado. Salió del aeropuerto de Heathrow y llegó a Ezeiza. Desde allí siguió solo en transportes públicos o autostop hasta la Patagonia argentina o la ciudad de su antiguo familiar Punta Arenas. ¿Qué buscaba? Eso no era importante; lo de más es lo que aquel aventurero le transmitió: descubrir los rostros desconocidos y las leguas ajenas. Eso hizo Chatwin, desde las zonas más intrincadas de América, África profunda, Asia (con parada en Afganistán) y… Por esa primera andanza dio a conocer uno de los libros de viaje más extraordinarios de cuentos que el mundo conoce, In Patagonia. ¿Qué encontró? Encontró restos de huidos que solo hablaban alemán, vecinos suyos que trasladaron Irlanda hasta aquellas llanuras, indios rebeldes y zonas de una hermosura que jamás había visto, noches primorosas acurrucado contra un árbol y al amparo de lagos selectos. Incluso nos da a entender que el famoso pistolero norteamericano (el de Dos hombres y un destino) Butch Cassidy anduvo por allí. ¿Qué es la inquietud? Es hacer frente a lo que te reconoce y te repite para fundirte con lo que subvierte la identidad.
Eso vivió Bruce Chatwin, el magno autor de una de las novelas más extraordinarias de Occidente, Colina negra, la historia de los gemelos Jones que nunca se movieron del lugar; eso visitó Chatwin porque confirmó en sí que los individuos no son sedentarios sino errantes, que ese compromiso remata al ser (en responsabilidad, en consecuencia), ir de verdad al encuentro del otro. Aunque se encontrara con el sida por esos mundos perdidos en que dio rienda suelta a la satisfacción homosexual y se lo llevó de este mundo (1989) de una manera pavorosa, un ser hermoso que caminó por las calles como un esqueleto viviente para espanto de los transeúntes.

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