Lope Afonso presentó sus candidaturas al Puerto de la Cruz y al Cabildo. Si el Puerto fuera un municipio normal votaría a este joven abogado, un hombre sencillo y trabajador que ha reunido un excelente equipo y que ha hecho una buena labor en el Ayuntamiento. Pero el Puerto es imprevisible y maledicente, como ciudad costera que se precie. Y, además, el socialismo vende, aunque presente a un tití –que no es el caso- como candidato. En el Puerto se vive bien, se aparca mal y la ciudad ha logrado el peor comercio del mundo: vende los mejores loros de fieltro de España, nadie sabe por qué. Cada extranjero se lleva un loro de fieltro en la maleta. Todo eso, y los jardines, lo debe cambiar Lope Afonso si logra ser alcalde otra vez, que yo creo que sí. En el Puerto la gente es tan rara que veneraba como histórico un muro, el de San Telmo, donde meaban los negros manteros que venden bolsos y los blancos que los compran. Que no me llamen racista, porque yo también he meado en ese muro, en las noches de resaca. Cuando tiraron el puto muro y colocaron una bella valla de acero, una parte de los meones puso el grito en el cielo. Y hasta denunciaron, denuncia que llegó a manos de un juez normal y la archivó. Para gobernar el Puerto hacen falta más huevos que los de Simeone y Jaime Ostos juntos. Lope Afonso ha de tener mucho temple y mucha paciencia para torear en esa plaza. El otro día, sentado conmigo en el Rancho Grande, tuvo que soportar a un pesado irredento más de un cuarto de hora. Yo le habría dado dos patadas. Y es que un alcalde portuense es una mezcla de la madre Teresa de Calcuta y de San Juan de la Cruz. Bueno, o de fray Luis de León y El Fary.
