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El sexo

La chica le dijo “acepto casarme contigo con una condición, tener sexo hoy mismo”

La chica le dijo “acepto casarme contigo con una condición, tener sexo hoy mismo”. Llevaban de enamorados unos cuantos meses y por más que ella se insinuara, él no movía ni un pie. Le respondió en esa ocasión: “Te invito a cenar porque ahora sé que no te produzco asco”. Según Estela Canto, la novia que desveló los complejos sexuales de Jorge Luis Borges en un libro, así se comportaba el amado. Nunca se acostó con ella, aunque la ternura fuera real. ¿Por qué? Había dos cargas que se convirtieron en trastorno en el mejor escritor del idioma: ser un castrado funcional y el complejo de Edipo. Estela Canto (y otros) cuenta una anécdota que explica el origen de esa castración. Cuando Borges cumplió 18 años (vivían entonces en Ginebra, a donde regresó para morir y ser enterrado), su padre se enteró de que no había tenido contacto alguno con mujer. Jorge Guillermo Borges era un perfecto caballero argentino, macho y heterosexual. Para él el sexo cumplía con su función. Aparte de su digna mujer, doña Leonor Acevedo, contaba con algunas amantes. En Ginebra también. Y al progenitor se le ocurrió una idea de provecho: llevar a su hijo a la experta que visitaba para que lo instruyera en la primera vez. Borges se vio en los ojos de una dama, en una habitación desconocida en la que habría de ajustar el arcano de su padre: varón-falo-potencia… Lloró tres días de continuo, sin comer, tal fue el peso de esa carga. No hubo trato alguno con aquella señora, entre otras cosas porque tal situación remataba su angustia: pensar en lo que alguna vez tu padre le hizo a tu madre. La disfunción sexual de Borges confirma cuestiones que tanto Freud como Lacan estudiaron: la represión, o la ausencia de eficacia, y el dicho complejo de Edipo, la madre para él solo frente al padre (cosa que ocurrió para el caso). Mas el asunto encierra otra condición que atenazó a Borges: la confirmación de que sexo en problema revela el dolor. Dos cuentos maravillosos aclaran ese complejo vital en Borges: el sardónico El Aleph y el excepcional Emma Zunz. En el uno (dedicado a Estela Canto), aparte del retrato del más mediocre de los escritores, hay una mujer trasunto del real; muerta, claro, porque el amor muere, y por muerta la salvación del sujeto que quiso entre burlas y acosos. El segundo es una de las piezas más sublimes que se han escrito sobre la imposibilidad de penetrar, sobre la zozobra en el acto sexual. Eso es el sexo: la energía del gozo aunque no se pueda gozar.

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