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Hoy por la mañana

Hoy por la mañana, como siempre, he escuchado desde mi ventana las conversaciones de la gente. Y cómo miente. Uno le decía a su madre que la llamaba desde Zamora; y una joven, rubia y guapa, telefoneaba a su -presunto- novio o marido para advertirle de que estaba muy liada en el trabajo, cuando yo la vi, calle abajo, bien acompañada y acurrucada, seguramente camino del ocio. Estas son las historias urbanas que me encantan, porque a continuación me pongo a fabular y a imaginar lo que va a ocurrir. Evidentemente, el uno estaba harto de su madre y no quería ni verla; y la otra de su novio o marido, y lo mismo. Recomiendo que retiren la localización de los teléfonos móviles para que sea más difícil que los demás sepan dónde se encuentra cada cual. Este es un país contradictorio: la autoridad -y supongo que la ley- prohíben que las cámaras de los comercios enfoquen la calle, pero cuando hay un robo, o un asesinato, la policía corre a revisarlas por si captaron algo. A la autoridad -y a la ley- no hay quien las entienda. Yo sé que estamos vigilados y que desde el espacio una persona puede ser localizada en la azotea de su casa y, aun por el calor que irradia, dentro de una habitación. Entonces actúan los drones, que te persiguen y, si es preciso, te disparan. Pero ni cada madre posee un dron a su servicio ni cada novio o marido tampoco. Ni todo el mundo va a estar disparando a todo el mundo. Pero la sensación de sentirnos vigilados existe y los descuidos también. Los delincuentes, sean terroristas o traficantes, utilizan muchos teléfonos distintos. Los vemos en las redadas, desplegados sobre una mesa pequeñita con unos cuantos billetes al lado, la droga resultante y el escudo policial. El amor es más confiado.

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