Cuenta la Biblia que el profeta Jonás, por desobedecer a su dios, fue echado al mar por la tripulación del barco en el que viajaba y engullido por una ballena. El pez lo retuvo en su interior tres días y tres noches, hasta que Jonás, arrepentido, le prometió a Yahvé que cumpliría lo pactado con él, o algo así. No sabemos el pacto que había alcanzado con Dios Rainer Schimpf, instructor de buceo y fotógrafo marino, que fue capturado por una enorme ballena, en aguas de Port Elizabeth, en la costa sudafricana. Los compañeros de Rainer, incluso, pudieron fotografiar el momento. Él dice que no tuvo miedo -quizá se acordó de Jonás y de su final feliz-, porque lejos de asustarse dejó que la ballena lo saboreara un poco, hasta que el enorme y bello pez se dio cuenta, en su bondad, de que aquello no era un delfín, ni un mero. La ballena se dirigió, veloz, a una playa y a pocos metros de la arena soltó al hombre, que tranquilamente se dirigió, a nado, a tierra. La insólita noticia ha dado la vuelta al mundo. En una época en la que todo el mundo devora a todo el mundo, o quizá en la que medio mundo mata al otro medio, la noticia no deja de tener un puntito de optimismo. Los japoneses matan a los cetáceos para inundar el mercado con los productos resultantes y la ballena responde al mundo con un gesto de generosidad, cual es salvar una vida humana. Todo un ejemplo contra la barbarie marina y en apoyo de la protección de las especies, maltratadas y asesinadas por el detestable afán mercantilista del ser humano. Ya no sólo Jonás puede contar la historia; ahora también puede hacerlo Rainer Schimpf, que se declara, hoy más que nunca, el amigo de las ballenas.
