TRIBUNA

Martín Chirino

Conocí a Martín en Madrid, a mitad de los sesenta. Mi hermano José Luis y yo vivíamos en un piso de la calle Antonio López, con José Manuel Cervino. Frecuentábamos mucho la casa de Manolo Millares (a Manolo le gustaba furrunguear el timple) y allí nos reuníamos con Antonio Fernández Alba y con Alberto Portera, ...read more →

Conocí a Martín en Madrid, a mitad de los sesenta. Mi hermano José Luis y yo vivíamos en un piso de la calle Antonio López, con José Manuel Cervino. Frecuentábamos mucho la casa de Manolo Millares (a Manolo le gustaba furrunguear el timple) y allí nos reuníamos con Antonio Fernández Alba y con Alberto Portera, el neurocirujano que luego lo operó del maldito tumor cerebral que acabó con su vida. Martín siempre estaba allí, con su sonrisa beatífica, acompañado de Margarita, su mujer, la hija de Ataulfo Argenta. Una noche, después del vernissage de una exposición de Millares en la galería de Juana Mordó, acabamos todos en casa -incluso Juana- para tocar la guitarra. Lo pasábamos muy bien. Unos años más tarde, debió ser en el setenta, estuvimos en su casa de San Sebastián de los Reyes con Maud Westerdahl. Ya Manolo tenía la muerte anunciada en su rostro. Después de que Alberto le sacara el bicho de su cerebro, la primera salida que hicimos fue a Ávila. Fuimos José Luis y yo, Manolo y Elvireta, Alberto Portera, y, sobre todo, Martín. Visitamos la tumba del infante don Juan, el hijo de los reyes católicos que murió por excesos de amor, en la cripta de Santo Tomé. Disfrutamos de un día gris con una premonición de muerte cuando, en una de las puertas de las murallas, nos tropezamos con un entierro que venía precedido de una piara de cerdos.

Siempre, de una forma u otra, nos seguimos viendo, tanto en Madrid como cada vez que venía a Canarias, donde se quedó definitivamente. Recuerdo una exposición de Pablo Serrano, el otro escultor del grupo El Paso, en Santa Cruz, por aquellos años. Martín me llamó para echarle una mano en el trazado de la Lady, que hizo en el taller de Martín Palazón. Yo le fabriqué unas plantillas gigantescas para cortar las planchas de hierro, con un compás elíptico hecho con cuerdas, como los de los jardineros. En esa ocasión casi pierde el dedo pulgar, pues los guantes se le trabaron en el tórculo y se lo tragaron los cilindros de hierro. Lo llevé al hospital y lo salvó de milagro. El oficio de escultor tiene su riesgo. Los escultores se enfrentan al monumentalismo de sus obras descomunales como los toreros a los enormes Miuras, por eso su trabajo de titanes es admirable.

Martín había elegido el hierro como material donde expresar su arte. Esto en sí mismo entraña una dificultad añadida, porque no existe un academicismo previo donde formarse, y el medio limita las posibilidades del detalle. Igual pasa con algunas piedras demasiado hojosas o quebradizas que impiden ser esculpidas para obtener superficies tersas, así que hay que construir una estética con lo que se tiene, por eso el lenguaje se simplifica de una forma extraordinaria, lo que no deja de ser uno de los objetivos principales del arte. Éramos un grupo muy fuertemente unido. Andábamos con bromas continuas, con César y con Pepe y con Emilio Machado a rastras en todas las aventuras. Luego se inventó eso del Manifiesto del Hierro y el Afrocán, y esto le sirvió para ir haciéndose una casa definitiva cerca de nosotros. Martín fue de los primeros que entendió nuestra tradición atlántica en esas espirales cuidadosamente trabajadas.

La espiral es una forma misteriosa que significa la evolución hacia el infinito a partir de un punto. El secreto está en sugerir siempre que ese punto es el centro, el origen de todo. Podía seguir hablando de Martín, decir que donde él estaba le acompañaba la sonrisa, o, mejor dicho, nos acompañaba a los demás, porque Martín era un transmisor de optimismo extraordinario, como les pasa a todas las buenas personas. Yo lo considero como un emigrante agradecido que regresa a su tierra para compartir su éxito con los suyos.

A partir de aquel día en que un grupo de amigos de la playa de Las Canteras decide irse a Madrid, para conquistar el universo artístico, se inicia una historia gloriosa que los conducirá a la eternidad, como en una de sus volutas de hierro. Millares, Elvireta, Martín Chirino y Manolo Padorno hicieron las maletas para llevarse el arte como credencial, algo que no abulta ni pesa y que reside en el cerebro. Los hombres van mucho más ligeros viajando solo con sus inteligencias. No hay que llevarse nada más. Esa aventura les llevó a incorporarse a las vanguardias y a formar parte de El Paso a finales de los cincuenta. Después Nueva York y el mundo para volver a casa con los bolsillos llenos de triunfos. Siempre sonriente, siempre dispuesto. Qué voy a decir yo de ti, querido amigo.