Tribuna

Siempre la democracia

Los que hemos vivido un tiempo sin democracia sabemos lo que significa no disfrutar de la libertad de poder decir lo que pensamos. Quizá este sea uno de los más importantes déficits de las dictaduras. La democracia consagra este derecho por encima de cualquier otro, pero, a la vez, lleva el veneno de la desmesura […]

Los que hemos vivido un tiempo sin democracia sabemos lo que significa no disfrutar de la libertad de poder decir lo que pensamos. Quizá este sea uno de los más importantes déficits de las dictaduras. La democracia consagra este derecho por encima de cualquier otro, pero, a la vez, lleva el veneno de la desmesura como un riesgo para acabar dinamitando a un sistema tan recomendable y generoso con la opinión. El mundo ha vivido más tiempo sin democracia que con ella, y, en el momento actual, seguro que existen más personas en el planeta que no disfrutan de ese beneficio, en comparación con los que tienen la fortuna (¿?) de gozar de sus supuestos bienes. La democracia, como conjunto de normas para la convivencia en libertad, produce mejores resultados económicos y hace progresar con mayor intensidad a las sociedades donde se practica, pero esto no nos debe llevar a engaño: se vive siempre bajo la amenaza del error por confiar en exceso en la infalibilidad de la soberanía popular. Entre otras cosas porque esa soberanía siempre estará mediatizada por agentes externos que la harán torcer su voluntad a su conveniencia. Ya sé que todos tienen la misma oportunidad de influencia, pero existen armas de persuasión que se encuentran por encima de la lógica y la razón, a pesar de que se diga que siempre se tornará a estas exigencias cuando se trate de adoptar decisiones trascendentes. Lo cierto es que los acontecimientos demuestran cada día que esto no es así. El pueblo sí que se equivoca. Al menos eso es lo que aseguran aquellos que no están conformes con las determinaciones fijadas por las mayorías, por considerarlas dañinas para el conjunto.

Hemos visto en las calles de Londres a cientos de miles de personas para mostrarse contrarias a la salida del Reino Unido de la Unión Europea. ¿Esto significa que los que se pronunciaron a favor del brexit en el referéndum estaban equivocados? No, solamente pensaban de otra manera, y el tiempo, aunque tarde, les hizo rectificar unas convicciones que creían inamovibles. Eso tiene de bueno un sistema que permite las consultas, a pesar de todo. El problema es cuando el cambio de criterio tiene que producirse obligatoriamente con el enfrentamiento de las masas que en su día decidieron y luego, decepcionados, tienen que dar marcha atrás. ¿Qué pasará, por ejemplo, en Cataluña con la gente que sigue creyendo que Puigdemont instituyó la República independiente, y ahora ve cómo sus ídolos declaran en los tribunales que no lo querían hacer, y que eso solo fue un símbolo? ¿Pensarán que se equivocaron cuando votaron por aquellos que les ofrecían un paraíso artificial lleno de leche y miel? Guiar a los pueblos hacia estos horizontes idealizados no lleva más que al fracaso. Moisés fue un gran patriarca que liberó a su pueblo de la tiranía de vivir bajo un imperio culturalmente poderoso que se desarrolló a las orillas del Nilo. El río era el auténtico culpable de que esto fuera así. Les prometió que Dios los había elegido para poblar el mejor lugar de la tierra. A cambio consiguió vivir en la diáspora de un nomadismo internacional para terminar recluidos en un enclave mediterráneo llamado Israel que les crea no pocos problemas de inseguridad. Lo mismo ocurrió en la Alemania de Hitler, incentivados por el carbón de la cuenca del Ruhr.

Los hombres no acertamos a encontrar un sistema para gobernarnos que nos satisfaga a todos. Así ha ocurrido desde que el mundo es mundo. Los imperios son demolidos, pero siempre quedará algo, que se llama cultura, que no se destruye del todo, que se va quedando como el depósito de la evolución que nos hace progresar. Hay una especie de selección biológica en todo este proceso. Quedará lo esencial. Lo malo es cuando lo esencial se coloca en un segundo plano y pasa a gobernarnos la anécdota de los intereses inmediatos. En esas estamos. Los que hemos vivido sin democracia tenemos la obligación de hacer ver a los demás que ese es un bien natural de primer orden y que no se pueden estar haciendo continuamente experimentos de prueba y error para desacreditarlo y acabar matándolo. El problema es que si alguien me da la razón creerá que me estoy refiriendo a los otros. Se equivocan, porque es para todos.