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Buen día, don

Desde que la Academia legalizó toballa y cocreta, las cosas no van bien en el español, porque no hay nada peor que dejar al albedrío del mago los asuntos del hablar y del escribir

La expresión magopeludista “buen día, don” se está imponiendo, en esta tierra malhadada, al “buenos días, señor” o al “buenos días, caballero”, si uno se encuentra en Las Palmas. Mal asunto. Desde que la Academia legalizó toballa y cocreta, las cosas no van bien en el español, porque no hay nada peor que dejar al albedrío del mago los asuntos del hablar y del escribir. Entre otras cosas, porque el mago ni sabe leer, ni sabe escribir. Esta democratización del idioma nos ha llevado al todos y todas y a zarandajas similares. Yo tengo la solución, aunque la considere un tanto audaz. No es otra que nombrar académica de la Española a una tal Belén Esteban, que aparece todos los días en la televisión diciendo disparates. Tal y como está el mercado, no sería mala solución; ojalá que la tengan en cuenta. De tal guisa han aparecido expresiones, como esas del idioma sexista, de las que dan cuenta las feministas y los feministos, zampándose barbaridades tales como lo de miembros y miembras y zafiedades por el estilo. Todo esto nos llega desde la falta de cultura de quienes se asoman a los medios, desde la política o desde la farándula, que son dos atalayas ideales para largar el disparate de cada día. Y la Academia no es inocente, porque en su afán de que sea el pueblo quien construya el idioma, sencillamente se pasa. Al pueblo lo que es del pueblo y a los académicos lo suyo, que no es poco. Pero dejar que nos invadan los vulgarismos lo considero una aberración que el castellano pagará caro. No soporto el “buen día, don”, no soporto que me lo diga la cajera del súper, el tipo de la gasolinera y el que viene a arreglar el teléfono. Estoy harto de magos.