Tribuna

El ‘Cantar de los Cantares’

Leo en El País un artículo de Mario Vargas Llosa donde hace un reconocimiento de la última obra de Víctor García de la Concha, una crítica de la traducción de Fray Luis de León del Cantar de los Cantares de Salomón. Son unos versos maravillosos, de las mejores páginas de la literatura universal, para glosar ...read more →

Leo en El País un artículo de Mario Vargas Llosa donde hace un reconocimiento de la última obra de Víctor García de la Concha, una crítica de la traducción de Fray Luis de León del Cantar de los Cantares de Salomón. Son unos versos maravillosos, de las mejores páginas de la literatura universal, para glosar el amor en el tálamo nupcial, una verdadera delicia del arte de escribir. Esto me ha traído a la memoria unas hojas manuscritas de mi abuelo, Luis Fajardo, un marino que en sus ratos libres leía y escribía, haciendo gala de una actividad que siempre había ocupado a los miembros de su familia. El texto era una traducción al castellano de la versión francesa de la obra del rey hebreo hecha por Bossuet. Tengo que confesar que esos versos siempre me parecieron deliciosos. Un día me puse a pensar por qué escribía mi abuelo, por qué también lo hacía mi padre, y por qué yo tampoco podía evitar la tentación de ponerme a emborronar papeles. Leyendo al historiador de Murcia Torres Fontes descubrí al alcaide de Lorca, Alonso Fajardo el Bravo, que es famoso en la historia de la lengua española por una carta que escribió al rey Enrique IV de Castilla, en el siglo XV. Es considerada por muchos como un modelo de la modernidad y riqueza de nuestra lengua, y he de confesar que también a mí me lo parece. Sobre todo, cuando dice, en una amenaza descarada al rey: “Soez cosa es un clavo, pero por un clavo se pierde una herradura, por una herradura un caballo, por un caballo un caballero, y por un caballero una hueste y hasta un reino”. Luego descubrí a su biznieto, Diego Saavedra Fajardo, y a otro poeta, también del siglo de oro, llamado Juan Quiroga Fajardo, y en ellos veía la pluma vibrante de aquel personaje antiguo, que para muchos es considerado el más importante y curioso del reino de Murcia, aquel que, según Lope de Vega, se jugó la plaza de Almería en una partida de ajedrez con el rey de Granada. Digo esto porque he encontrado una respuesta a la pregunta de por qué escribo. Debe ser una cuestión genética al ser un descendiente directo de un personaje que estaba abriendo las letras españolas a la cultura del Renacimiento. Hace unas semanas fui a una conferencia en La Orotava, en la sede de la Fundación Historia de la Ciencia, que creó mi amigo Pepe Montesinos, y escuché la voz de otro amigo, Kay González Vilbazo, que explicaba algo sobre el lenguaje y el bilingüismo. Esta capacidad reside en una zona de la periferia cerebral y se ha ido conformando como una herencia genética en los humanos. Nada de teorías emergentistas, ni de transmisión de facultades divinas; es un producto de la evolución como lo son todas las características que nos conforman como entidades individuales. Luego he pensado en que esta reflexión proviene de la lectura de un comentario de Vargas Llosa en torno a unos versos de Salomón, y siento que sobre mí pesan miles de años de belleza poética que los hombres hemos ido acumulando para hacernos mejores y más felices. La marcha imparable de la evolución y la selección genética me hace sospechar que estamos fervientemente inclinados a construir a nuestro alrededor un universo cada vez más hermoso. Convencido de ese compromiso, creo que no voy a dejar de escribir jamás. Como dice Horacio Guarany, si se calla el cantor calla la vida. El Cantar de los Cantares es el símbolo del amor y de la existencia, la consagración sublime del lenguaje poético, algo que no podremos destruir, porque desde Salomón anda martillándonos en la cabeza. Ahí es nada. La confirmación de la regla es que mi hijo también es escritor y ha publicado dos novelas excelentes.