Allá por la noche de los tiempos, Manuel Luis Medina, el Minuto, músico y bohemio, y yo, coincidimos en el estadio de Maracaná, en Río de Janeiro. No sé si era el mismo en el que Zarra marcó su famoso gol o era otro nuevo, pero lo cierto es que Maracaná alberga todos los espectadores que le quieras echar. En una ocasión entraron 196.000 hinchas, aunque en la actualidad está limitado por la FIFA a unos 80.000. Tampoco sé qué coño hacía el Minuto en Río, si fuimos juntos o si nos encontramos allí. Desde luego, tengo las fotos, aunque muy descoloridas, tan descoloridas como mis recuerdos. En Maracaná, los aficionados de los anfiteatros superiores tienen la fea costumbre de mear a los que están debajo y Manuel Luis y yo habíamos sido advertidos de que los más odiados eran los hinchas de la zona preferente descubierta, precisamente donde nosotros nos encontrábamos. Así que nos agenciamos unos paraguas, no para resguardarnos de la lluvia, sino del orín que partía de cientos de caños del piso superior. Tampoco recuerdo qué partido era el que estábamos presenciando, porque no guardo esos detalles en la memoria, pero nada más iniciado el encuentro, y sobre todo cuando los locales marcaban -que marcaron-, empezamos a sentir sobre el protector paraguas la riada amarilla, tan amarilla como la cerveza que consumían los gamberros del piso superior. Manolo y yo aguantamos con estoicismo aquella catarata y nos dio tiempo de obtener unas imágenes del estadio, antes de que se produjera el diluvio. Salimos indemnes de aquel torrente de Maracaná, pero pudimos presenciar el espectáculo de una fila de tipos con las chorras en la mano, que se iban turnando por oleadas para mearnos encima, creyéndonos parte de la afición rival. Espero que la FIFA haya acabado con esa incómoda costumbre.
