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Los tiempos

Todos los autores de artículos practican la autobiografía, así que a medida que baja la actividad vital, baja también la inspiración. Es una consecuencia lógica del dolce far niente, que viene pegado a la edad como una lapa. Yo tengo el recurso de contar los sueños, que generalmente se refieren a actividades lúdicas del pasado, y con eso escapo, pero últimamente no sueño sino con un viaje interminable en avión, en compañía de ruidosos y molestos turistas. No sé qué significa tanto jolgorio porque siempre he viajado en primera clase y relativamente tranquilo, a no ser que me toque al lado, un suponer, mi amigo Pepe Segura, y me meta un rollo que me deje noqueado. Ahora, las pocas veces que cojo un avión me sitúo en la perrera, aunque, eso sí, pido salida de emergencia para aprovechar mejor el espacio entre filas, que es más amplio. Aunque me parece que después de los 65, al menos oficialmente, tampoco te permiten ocupar esas plazas. Como aparento menos edad, no he tenido problemas hasta el momento y las azafatas no se han puesto a preguntar, que bastante tienen las pobres con aguantar a los turistas borrachos, que cada vez son más desde que se han abaratado los viajes en avión. Lo que no se gastan en los billetes lo emplean en ginebra. Todo cambia, hasta el temario del escribidor, antañazo variado y actualmente ligado a su escasa actividad tanto física como intelectual. Dicen que los que escribimos lo hacemos mejor cuanto más viejos somos, pero esto es mentira; no existe una regla fija para el disparate. Por cierto, he recibido un bonito regalo de mi amigo Félix Lam, desde Nueva York: un raro billete de dos dólares, de curso legal, y una serie de monedas de un dólar que yo nunca usé durante mis sesenta veces en la ciudad. Ignoraba que existieran.

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