Tribuna

Notre Dame

Monique llora ante el agente que no le permite traspasar la zona acordonada para rescatar objetos de valor de su apartamento en las cercanías de Notre Dame”. Este puede ser un resumen de la miseria local ante el drama universal, el egoísmo del sálvese quien pueda en una época sin norte y sin símbolos. Los […]

Monique llora ante el agente que no le permite traspasar la zona acordonada para rescatar objetos de valor de su apartamento en las cercanías de Notre Dame”. Este puede ser un resumen de la miseria local ante el drama universal, el egoísmo del sálvese quien pueda en una época sin norte y sin símbolos. Los signos de un tiempo histórico deben ser actualizados para que sigan funcionando. París es un ejemplo de la adaptación a la modernidad, como lo son el Pompidou, o la pirámide de cristal que sirve de entrada al Louvre, pero cada vez que se adapta al devenir de la actualidad lo hace sin perder de vista un sentido de la continuidad. Cuando se levanta el arco del nuevo barrio de La Défense se hace de forma que coincida trazando una línea ideal que una los de Triomphe y L’Etoil, como queriendo decir que lo nuevo no puede ser concebido sino como una incorporación a la rotundidad de lo viejo, sin que se produzca un quebranto en el hilo de la historia, solo una adaptación que respete la prolongación de las cosas. Durante el siglo XIX hay una intervención en el primer templo de la ciudad a cargo de Viollet Le Duc, y aquí se detecta también cómo la arquitectura de esa versión neogótica apoyada en el vidrio y el hierro, solo que aligerada con una estructura de madera para resolver problemas de resistencia, entra de lleno para afirmar que estamos en otro tiempo, el que ha pasado después de la Revolución, donde le fueron cortadas las cabezas a los 28 reyes de Judea que decoraban el edificio. París, igual que la Europa que se resiste a perder su papel en el mundo, siempre se actualiza, desde que incorporara a los pintores malditos del XIX, defendidos por Baudelaire, al Quai D’Orsay, rescatando los antiguos muelles a orillas del Sena, hasta el momento actual, en que compite con New York por continuar siendo el centro de las vanguardias. Es una ciudad viva que se resiste a morir víctima de la vulgaridad de un incendio.

Monique anda desesperada por entrar a su apartamento porque quiere salvar la minucia de lo que tiene guardado en su joyero. Es a lo único que le da valor. El rector de la catedral hace hincapié en que se han rescatado la corona de espinas, un trozo de la cruz del Calvario y uno de los clavos que sirvieron para fijar a Jesús a la madera. También advierte que se ha logrado proteger del fuego a la capa de san Luis. Estas son las cosas que interesan para mantener la fe, demostrada en la actitud de un cura que estaba diciendo misa cuando saltaron las alarmas y continuó con la ceremonia. Una actitud heroica dentro de la estupidez, siguiendo la tradición cristiana del tiempo de los mártires. Ninguno de ellos se da cuenta de lo que realmente significa Notre Dame y de la necesidad de su permanencia como testigo de la historia, de la que fue y de la que vendrá, porque la catedral es un ser vivo, por eso se quema y renace de las cenizas, igual que los bosques poderosos que son destruidos por el fuego de las tormentas.

No habrá luto, ni violoncelos, ni consignas de todos somos Notredame, estúpidamente fabricadas por los improvisadores de la noticia, y que no sirven más que para enterrar en el recuerdo de lo perecedero aquello que no interesa tener presente. Lo urgente es poner en pie el concepto, para demostrar que no hay fuego capaz de destruirlo. Por eso se salvará el templo, se renovará incorporando a lo nuevo para mantener a buen recaudo a lo viejo. Esta es la única manera de que se salve Europa y, de paso, nos salvemos todos nosotros.