superconfidencial

Un nuevo elogio de la crónica

La crónica es un diario. Un diario público y abierto, que refleja más que nada la vivencia del autor y la relaciona con la actualidad. Los mejores periodistas de este país han sido cronistas, de Cela a Ruano y de Larra a Umbral y hasta Pérez-Reverte, que se prodiga menos. Hay un montón, moléstense, si quieren, en averiguarlo, algunos de ellos excepcionalmente buenos. Una serie de parámetros son insustituibles en la crónica, pero quizá el más atinado de ellos sea el sentido del humor y la suficiente desvergüenza del cronista para reírse de sí mismo. Este último es un elemento sustancial en el atractivo de los relatos. Hay un tercer parámetro y es la capacidad del cronista para extraer del mundo loco de cada día aquellos sucesos más bufos que despierten el interés del lector. Cela escribió, por ejemplo, sobre el célebre cipote de Archidona, a partir de un pajero de cine, de un novio entusiasmado y de una novia complaciente; y Umbral se mezcló con sus marquesas, a alguna de las cuales hizo santa. Ruano estaba siempre pendiente del duro para vivir como un marqués -él decía que lo era- y Larra fue un cronista de su siglo, pero quizá el maestro de todos. Había cronistas especializados, como Aguirre Bellver, que hizo de la crónica parlamentaria un arte, y otros taurinos, como Díaz-Cañabate, cuyas crónicas de toros eran auténticos poemas. La inveterada tendencia española de crear periódicos ha hecho que la casuística nos haya traído miles de cronistas muy buenos, que nos han enseñado mucho y que han elevado la propia crónica a la categoría de género literario. Yo la he cultivado siempre, me ha apasionado y confieso que me calma, me relaja y me motiva. No sé qué sería yo sin ella. Y eso.

TE PUEDE INTERESAR