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¿Y qué digo yo el día electoral?

Siempre ha sido este un día difícil para el escritor cotidiano. Es que no debo abordar el asunto electoral, pero la actualidad está aquí. Recomendar que la gente vaya a votar es una gilipollez: la gente hará lo que le dé la gana, no lo que le diga yo. Así que los esfuerzos por arrancarme a mí mismo una crónica interesante me da que resultarán baldíos. Decir que la democracia es una bendición resulta otra obviedad: los españoles ya lo sabemos, desde los estertores de la dictadura, y aún mucho antes los que lograron sobrevivir a la guerra que provocó la izquierdona y alargó la derechona con entusiasmos sin límites. Así que no hablaré de nada de eso, que eso es pasado y debería estar enterrado y sólo servir para no repetir errores. Así que entre el respeto a la jornada electoral y el evitar las cursilerías de fiesta de la democracia y demás, he optado por hacer un artículo más fofo que un culo de diva. Estoy leyendo una excelente biografía de Joaquín Sabina y me he enterado, por su autor, que uno de sus grandes discos lo compuso el poeta y cantante en el parador de El Hierro. Bueno, yo creo que los empleados del parador me lo habían comentado, cuando yo frecuentaba el establecimiento, allá por la noche de los tiempos. Buen fondo el de la música y las letras de Sabina para una jornada electoral, porque su canción es poesía y poder votar en libertad también lo es. Hoy, a una hora prudente, me dirigiré a mi colegio electoral, cogeré papeletas y sobres y los depositaré en las urnas. Ustedes saben por quiénes votaré, porque ya lo he dicho, pero voy a respetar escrupulosamente el día electoral. Si pueden, no fallen y vayan a votar.

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