Tribuna

Campana de Gauss

Observo la campana de Gauss con que se representa la distribución de los votantes en función del espectro ideológico al que pertenecen, situándolos en un gráfico que va del 0 al 10, donde ambos límites señalan la extrema izquierda y la extrema derecha, respectivamente, y me sorprenden los comportamientos de los que dicen estar situados […]

Observo la campana de Gauss con que se representa la distribución de los votantes en función del espectro ideológico al que pertenecen, situándolos en un gráfico que va del 0 al 10, donde ambos límites señalan la extrema izquierda y la extrema derecha, respectivamente, y me sorprenden los comportamientos de los que dicen estar situados en el entorno con mayor concentración del esquema, que es entre el 4 y el 6.

Ahí supuestamente se halla la moderación que caracteriza a los espacios del centro político. Es cierto que es en ese ámbito donde se ganan las elecciones y donde todos pretenden situarse para que sus ofertas sean bien acogidas por la mayoría. En ese tramo creo haber estado situado siempre, y, además, pienso que es desde donde se logran los acuerdos y el verdadero progreso de las sociedades democráticas. De un tiempo a esta parte se está intentando imponer el concepto de democracia real, que tiende a pervertir el sistema confundiendo al permanente ejercicio decisorio, a veces asambleario, con el auténtico proceso del que emanan las voluntades mayoritarias. De esta manera se pretende imponer el criterio de algunas minorías locales que se esfuerzan en sustituir al derecho que tiene el conjunto de la sociedad por el que surja de órganos que carecen de representación universal. Este es el caso, por ejemplo, de hurtar la facultad de decidir del conjunto de España reduciéndola a lo que emane del parlamento catalán, o a la imposición que se arroga la militancia de un partido para obligar a un Gobierno, legítimamente elegido por todos los españoles, a asumir determinadas acciones de carácter político. Esto tiene que ver con la llamada democracia real, aquello que llevaba a determinados órganos colegiados a separarse del marco general para constituirse en influencias auténticas que actúan por encima de los compromisos que los partidos políticos han adquirido en sus contratos con los electores, lo que viene incluido en los programas que éstos han votado.

Es cierto que la sociedad ha cambiado en los últimos cuarenta años, es cierto que hoy se utilizan nuevas técnicas para la comunicación política, y también que algunas tendencias han dejado de jugar el papel que tenían antaño en la lucha entre grandes bloques ideológicos.

Quizá se trate de un problema de nostalgia o de orfandad, pero en este momento se nota la carencia del padrinazgo de determinadas ideologías que hoy se encuentran en crisis, marchando, como los personajes de Pirandello, en busca de su autor, confundidos en un maremágnum de pequeñas revoluciones que más bien recuerdan a la estructura de los poderes locales propios de la época feudal. Pero yo creo que, en lo esencial, nada ha cambiado desde los años de la transición hasta el momento actual. Los electores se siguen concentrando en el centro de esa campana de Gauss, para demostrar que en ese espacio de sensatez y tolerancia es donde se concentra la voluntad real de los ciudadanos. Mi pensamiento y mis opiniones siempre han procurado mantenerse dentro de esos límites, pero la respuesta que obtienen desde los supuestos simpatizantes de las opciones que ocupan ese espacio de mesura y comedimiento que tanto éxito ofrece a la hora de aunar voluntades, no está a la altura de esas virtudes que se le exigen a la cordura. Al contrario, es frecuente tropezarte con la descalificación si tus manifestaciones no coinciden con las que se dictan desde los argumentarios, que parecen verdades absolutas surgidas como auténticos dogmas contenidos en los catecismos del fanatismo. Impera el insulto, la incomprensión, y la negación de todo aquello que no coincida con los principios inamovibles que se proclaman desde las cúpulas. El término fascismo sirve para ser aplicado a todo lo que no coincida con esas soluciones maravillosas en las que hay que creer a pies juntillas. Está prohibido discrepar, igual que en una dictadura, y a esto lo llaman democracia real. Esta es la realidad que veo. Les juro que no estoy tomando a la parte por el todo. Por eso pienso que el que hace el diseño de esa campana de Gauss tan armónicamente dibujada me esta engañando, y me está mostrando una fotografía de una situación irreal que no es en la que vivo.