Tribuna

Las elecciones

Hay algo que ha cambiado en España después de estas elecciones. Algunas apariencias hacen pensar que no ha sido así, que todo sigue igual, pero el hecho es que, existiendo circunstancias similares, han desaparecido las tensiones que hacían imposible la estabilidad del Gobierno. Quiero decir, que, sin definirse una mayoría clara para la investidura, ésta […]

Hay algo que ha cambiado en España después de estas elecciones. Algunas apariencias hacen pensar que no ha sido así, que todo sigue igual, pero el hecho es que, existiendo circunstancias similares, han desaparecido las tensiones que hacían imposible la estabilidad del Gobierno. Quiero decir, que, sin definirse una mayoría clara para la investidura, ésta se puede producir en minoría sin necesidad de buscar apoyos que comprometan demasiado las amenazas de desintegración, por una parte, o de frentepopulismo, por otra. Los 123 escaños obtenidos por los socialistas son los mismos que lograron los populares en 2015. Esto nos puede llevar a engaño si sospechamos que volveremos a la situación de 2016 que obligó a la repetición de elecciones. En aquella ocasión, la política del no es no, por una parte, y el establecimiento de líneas rojas por parte del Comité Federal del PSOE, por otra, impidieron la celebración de pactos de Gobierno. Hubo un intento para investir a Pedro Sánchez, apoyado por Ciudadanos, que fracasó por el voto en contra de los de Podemos. Ahora es al revés: Podemos está frito por entrar en el Gobierno y Ciudadanos se ve subido en la ola que le llevará al liderazgo de la oposición, con lo que inicia su carrera de fondo para presentarse como alternativa en las próximas. A Sánchez no le hacen falta ninguna de estas opciones. Seguirá gestionando la política nacional sin casarse con nadie, y sin entablar compromisos, como ha hecho desde la moción de censura. Ni siquiera le hará falta repetir el acuerdo presupuestario fallido con Podemos, porque en ese caso se sentirá libre para establecer otras alianzas sin que su escudero tenga que ir a negociarlas a las cárceles. Desde el balcón de Ferraz se estableció un diálogo de sordos con la calle enfervorecida y ansiosa de venganza por los supuestos agravios de Ciudadanos durante la campaña electoral. La masa nunca entenderá el alcance de las estrategias, porque las estrategias van dirigidas principalmente a enervarla. Por eso gritaban “Con Rivera no”, “Sí se puede” y “No es no”, mientras desde arriba le contestaban que la habían entendido, insistiendo en que habría acuerdo solo en el ámbito de la Constitución, y que a partir de ahí no se le pondrían cordones sanitarios a nadie. El pacto está hecho, y es ninguno. Se formará un Gobierno en minoría con un gabinete de independientes de reconocido prestigio, como ya se anunció en campaña. Estará apoyado por todas las partes, según convenga, estrenando una realidad política en la que las coaliciones tendrán el efecto de ser tales sin necesidad de existir como tales. Es lo que se va a inaugurar en Europa. Otra forma de gobernar. Seguramente más participativa y más real, desechando el frentismo y haciendo verdad la voluntad integradora de todos los ciudadanos, sean de la ideología que sean, en el objetivo de alcanzar el bien común. El gran perdedor en estos comicios ha sido el partido Popular, al que le costará mucho trabajo recomponerse para volver a ser alternativa; pero no menos lo ha sido Podemos que, al abrirse el panorama de los acuerdos, ha dejado escapar la oportunidad de ser el exclusivo salvador, y andará perdido intentando reconstruir su espacio reivindicativo. Se abre una etapa ilusionante, donde la política hay que interpretarla con un equilibrio exquisito, y donde el presidente Sánchez tendrá la oportunidad de demostrar que su carácter resistente sirve para algo más que para permanecer en el poder. No sé si este es el modelo que estaba demandando Europa y el que recomendaba hace unos días el Financial Times, pero, en cualquier caso, me imagino que estará en la línea de sorprender para seguir haciendo verdad eso de que España es diferente. Lo malo que tiene este país es que sus habitantes son incapaces de admirarse de estas facultades milagrosas.