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el charco hondo

Las tijeras siguen sobre la cama

El cuchillo sigue junto al fregadero, esperando que lo metan en el lavaplatos. Las tijeras están sobre la cama porque alguien las cogió para cortar unas etiquetas de una camisa recién comprada, y ahí las dejó. La silueta al otro lado de la cortinilla salió del baño sin más. Los golpes al otro lado de la pared cesaron cuando el vecino terminó de colgar el cuadro. El suspense cedió el paso a la normalidad. Los objetos eran solo eso, objetos. Las sombras eran sombras, y las pistas no eran tan falsas. El país llegó al domingo con la respiración contenida porque sobraban razones para creer que podía no ser para tanto, o sí. Llegamos a creernos atrapados en un país donde millones de votantes se estaban comunicando más allá de las frecuencias que normalmente se detectan en los bares, encuestas u oficinas. El suspense se hizo con la situación. Terminamos convencidos de que lo que realmente estaba pasando no era lo que la luz del día reflejaba. Los colegios electorales abrieron con la sospecha de que una corriente subterránea iba a cambiarlo todo por sorpresa. Se acumularon señales que alimentaban la posibilidad de que Vox rompiera la noche electoral. Por eso la incertidumbre, el desconcierto, la duda. De ahí esa sensación de que podía acabar como acabó pero pudo provocar un tornado parlamentario. Vox ha cosechado un éxito incontestable que solo la expectativa de algo aún mayor ha logrado empequeñecer, o al menos rebajar. El suspense no fue gratuito. El enfado no tiene ideología. El hastío no se detiene en esos pequeños detalles. El cabreo solo busca golpear, dar donde más duele a los que muchos consideran culpables de los males diarios. Vox pudo reventar la banca porque enfado, hastío y cansancio se sienten especialmente cómodos en los extremos del tablero, y porque el malestar y las propuestas reaccionarias tienen en común su radicalidad. Las clases trabajadoras se han sentido abandonadas por los partidos tradicionales. En ocasiones buscan refugios en la ficción que ofrecen partidos como Vox, una dinámica que Ignacio Urquizu ha radiografiado en ¿Cómo somos? Un retrato robot de la gente corriente. Vox pudo romper la noche electoral, pero acabó rompiendo solo al PP. Los partidos tradicionales han salvado un matchball en contra. La gente corriente les ha dado una segunda oportunidad. Más les vale escuchar el mensaje, tomar nota y aplicarse en la tarea de recuperar el respeto que le ha perdido lo que Urquizu denomina la gente corriente. Todo parece volver a la normalidad, pero las tijeras siguen sobre la cama.

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