en la frontera

Libertad y centro político

Colocar a las personas en el centro de la acción política conduce a una disposición de prestar servicios reales a los ciudadanos, de servir a sus intereses reales. En este sentido, el entendimiento con los diversos interlocutores es posible partiendo del supuesto de un objetivo común: libertad y participación.

La importancia de los logros concretos, los resultados constatables -sociales, culturales, económicos…- en la actividad pública, no derivan de la importancia del éxito del agente político, sino de las necesidades reales de la ciudadanía que, viéndose satisfechas, permiten alcanzar una condición de vida que posibilita el acceso a una más plena condición humana.

Una más profunda libertad, una más genuina participación, son el fruto de la acción política moderna que se realiza desde el espacio del centro. Las cualidades de la persona no tienen un carácter absoluto. El ser humano no es libre a priori. Más bien, la libertad de los hombres no se nos presenta como una condición preestablecida, como un postulado, sino que la libertad se conquista, se acrisola, se perfecciona en su ejercicio, en las opciones y en las acciones que cada hombre y cada mujer empieza y culmina.

La libertad es ante todo y sobre todo el rasgo en el que se declara la condición humana. Las libertades formales no son el fundamento de la democracia. El fundamento de la democracia son los hombres y mujeres libres. La política se debe entender, pues, como un ejercicio a favor de cada individuo, que posibilita a cada vecino, a cada vecina, su realización libre y solidaria como persona. Justo lo contrario de lo que se ve y se practica en este tiempo: la política como operación de control social y de captura del voto por el procedimiento que sea, como sea. Por si hubiera alguna duda, el 28-A ha quedado muy muy claro.

El tiempo que vivimos es desde tantas perspectivas un tiempo de incertidumbre, de sorpresas, de zozobras, de cambios y transformaciones acelerados. También en la actividad política, en la que se echan en falta formas más abiertas y respetuosas de enfocar las cuestiones públicas y de resolver los problemas reales de los ciudadanos. Estos días de elecciones lo comprobamos meridianamente. Con ocasión de la campaña electoral en la que estamos sumidos en este tiempo lo comprobamos a diario.

El entendimiento brilla por su ausencia. El entendimiento como método supone el derroche de energías necesario para superar el enfrentamiento o la imposición como sistema. La generosidad de ese esfuerzo para convenir con los agentes políticos, los sectores de población, los variados intereses que se entrecruzan en la vida de la sociedad, recibe su fuerza de la estructura constitutiva de la persona: de su carácter racional, de su condición afectiva, de su naturaleza social en definitiva. En el fondo, se trata de combatir la tentación de los hábitos autoritarios todavía tan presentes en el escenario de la resolución de problemas, sea en el mundo privado o público.

También la solidaridad brilla por su ausencia. Precisamos una actitud solidaria genuina, no un mercadeo de solidaridad, que se deriva de poner al ser humano, a las personas, a la gente, en el centro de interés de toda acción política o social, y que conducirá necesariamente a buscar las soluciones y a orientar las actuaciones en los ámbitos de la cooperación, de la convivencia y de la confluencia de intereses. La dignidad humana es la clave y la fuerza que da sentido a esta apremiante necesidad de democratizar la democracia o de liberar la libertad.

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