Tribuna

Los pasos perdidos de nuestras instituciones

Hace unos días, mientras preparaba una intervención en una mesa redonda sobre el contexto cultural de la época de nuestro historiador Marcos Guimerá Peraza, organizada por la muy activa Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, me encontré de nuevo con un texto de Domingo Pérez Minik de 1985, donde nuestro crítico nunca […]

Hace unos días, mientras preparaba una intervención en una mesa redonda sobre el contexto cultural de la época de nuestro historiador Marcos Guimerá Peraza, organizada por la muy activa Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, me encontré de nuevo con un texto de Domingo Pérez Minik de 1985, donde nuestro crítico nunca olvidado enfrentaba los entonces nuevos tiempos de la autonomía de Canarias.

Venía a decir Pérez Minik que “la autonomía, el nacionalismo y la identidad de una cultura son palabras, hechos e ideas mayores que el canario no ha sabido distinguir nunca… hay que decir que estas autonomías que ahora se disfrutan en el Estado español no las ha asumido con claridad, entusiasmo y expansión el hombre de este archipiélago. Quizá sea porque no le va. Que necesita otras que él necesita inventar”.
El poeta romántico alemán Novalis dijo que cada inglés es una isla y tal apunte bien podríamos aplicárnoslo los canarios que, desde la llegada de los europeos a nuestro archipiélago en torno al siglo XIV no hemos hecho sino cambiar la piel de nuestras instituciones: islas de señorío y realengas, provincia única, dos provincias, una autonomía, islas ultraperiféricas… Sin dejar de tener en cuenta la natural disposición centrífuga que siempre hemos atesorado desde nuestros orígenes como pueblo atlántico.

Las sociedades reclaman instituciones que las organicen política, económica, social y culturalmente, y Canarias siempre ha estado en busca de estructuras de esa índole que la impulsaran como un pueblo cohesionado y ordenado. ¿Lo hemos conseguido a lo largo de más de cinco siglos?

Escribo estas líneas preocupado por el grado de deterioro y de impopularidad que cada día acecha a algunas de las instituciones de las que nos hemos dotado a través de la autonomía que ponía en duda Domingo Pérez Minik.

Ni la sociedad en general ni algunos medios de comunicación parecen simpatizar con instituciones como el Parlamento de Canarias. Días pasados, con motivo de la celebración del último pleno de esta legislatura en el que se aprobaron dos decretos-leyes del Gobierno de Canarias, aparecieron publicados titulares confusos que venían a decir que los parlamentarios habían cobrado cinco mil euros por asistir a esa sesión extraordinaria. Una vecina mía, exprofesora de instituto, lo comentó airada a un familiar cercano y no se explicaba -con parte de razón, debido la ambigüedad de la información (¿?) periodística- que por esa celebración cada diputado se llevara para su casa esos cinco mil teóricos euros. Con posterioridad todo fue aclarado y la exdocente cayó en la cuenta del disparate al que había ido a parar. Pero, ¿cuántos como ella siguieron pensando en el despropósito sembrado por una prensa que no cuida sus afirmaciones o juega a la malignidad?
Tampoco las fuerzas políticas que conforman el arco parlamentario autonómico parecen muy propensas a dar buena imagen de la institución a la que pertenecen. A nuestro entender, el aumento de nueve diputados más en virtud de la nueva Ley Electoral no ha sido suficientemente explicado a nuestros conciudadanos, que ven en ese crecimiento un despilfarro más de los bienes públicos.

Si a todo lo anterior le sumamos que en Canarias actúan casi cinco administraciones, municipal, insular, autonómica, estatal y, en cierta medida, representaciones de la Unión Europea, ya el asunto se vuelve aún más inadmisible para parte de nuestra ciudadanía.

No quisiera caer en el pesimismo del Domingo Pérez Minik de 1985, pero si en Canarias no cuidamos los prestigios de nuestras instituciones estamos abocados a provocar una incredulidad y una impopularidad generalizadas de las estructuras organizativas que rigen nuestra democracia y también abocados, en esa misma dirección, a poner en duda todo el sistema político que ordena nuestra convivencia. Y damos lugar a la aparición de esas voxes (sic) que nos invitan a la involución y al descreimiento de la misma autonomía y, no me extrañaría, que excluyeran de sus aviesas intenciones programáticas un regreso a nuestra condición colonial.