El charco hondo

Orfandad

A los españoles se nos da bien enterrar, ya lo dijo él; pero que miles de personas desfilen por el Congreso movidos por el agradecimiento, o que en conversaciones con amigos, familiares o compañeros de trabajo, gente de distintas afinidades, ideologías y sensibilidades haya confesado sentirse tocada por la muerte de un político, si eso ...read more →

A los españoles se nos da bien enterrar, ya lo dijo él; pero que miles de personas desfilen por el Congreso movidos por el agradecimiento, o que en conversaciones con amigos, familiares o compañeros de trabajo, gente de distintas afinidades, ideologías y sensibilidades haya confesado sentirse tocada por la muerte de un político, si eso pasa, y así ha ocurrido, es que Alfredo Pérez Rubalcaba no fue uno más. Y si el respeto no se ha detenido en siglas o militancias, si eso ocurre, y así ha ocurrido, será, y ha sido, porque Rubalcaba fue más que un ex ministro e incluso mucho más que un ex secretario general del PSOE. Estos días ha dicho adiós un estadista. Y con su muerte el país ha caído en la cuenta de que estamos afrontando las dificilísimas asignaturas del siglo XXI sin hombres (o mujeres) de Estado. El sentido de Estado nunca estuvo ni estará exento de sombras, dudas, contradicciones o preguntas sin respuestas, pero un país sin líderes con sentido de Estado se expone a ser arrastrado por el sinsentido, corre el riesgo de terminar siendo un Estado sin sentido. Los países necesitan políticos como Rubalcaba, arquitectos que trabajen para apuntalar los pilares del edificio, y no meros comerciales del corto plazo, como es el caso del relato o las actitudes adolescentes de quienes protagonizan la escena pública de años a esta parte. Ahora que la política española está en manos de jugadores de categorías inferiores, duele aún más ir perdiendo a los estadistas de las grandes ligas. Felipe, ¿y ahora a quién llamamos?, solo quedas tú. La pregunta se la hicieron a Felipe González algunos dirigentes socialistas en el entierro de Rubalcaba. Tampoco Mariano Rajoy ha querido quedarse a medias. A nosotros nos faltaba un Rubalcaba, ha escrito. Fue odiado y temido por algunos que, como José María Aznar, odian o temen a quienes saben infinitamente más capaces, inteligentes y listos. Rubalcaba volaba por encima de sus cabezas. El impacto de estos días se explica porque este país es consciente de que con Rubalcaba está enterrando a una generación de estadistas, a mujeres y hombres con sentido de Estado que empiezan a irse, dejándonos en manos de los líderes actuales, de dirigentes de categorías inferiores. La conmoción generada por el adiós a Rubalcaba es la de un país que se sabe huérfano de padre y madre, de líderes y estadistas.