Tribuna

Toma de posesión

Hace tiempo en que lo que se debate es qué es primero: las urnas o las leyes. Es cierto que las leyes salen de lo que resulte de las urnas, pero no lo es menos que su aprobación o modificación obedece a un procedimiento y a una jerarquización. Es decir, los órganos no pueden legislar ...read more →

Hace tiempo en que lo que se debate es qué es primero: las urnas o las leyes. Es cierto que las leyes salen de lo que resulte de las urnas, pero no lo es menos que su aprobación o modificación obedece a un procedimiento y a una jerarquización. Es decir, los órganos no pueden legislar por encima de lo que fijan los quorums exigibles y las reglamentaciones en vigor. El deseo no es suficiente argumento para llevar a cabo actuaciones sin haber logrado el marco necesario para que se puedan producir. No es bastante tener en el horizonte una revolución ni una república independiente para actuar como si estas de facto ya existieran. En el primer caso se denomina democracia real y en el segundo autodeterminación.

Hace falta recorrer un largo trecho desde la democracia para que estas cosas se hagan realidad, y no se pueden adelantar acontecimientos, como si los actores que intentan ponerlas en marcha ya lo hubieran conseguido. Me refiero a aquellas viejas declaraciones de la señora Colau, cuando llegó a la alcaldía de Barcelona diciendo que acataría solo aquellas disposiciones con las que estuviera previamente de acuerdo, o a las razones argüidas por el pleno del Parlamento catalán cuando afirmaba que actuaba siguiendo el mandato de las urnas. En esta confusión del concepto democrático andamos cuando desproveemos al sistema de su característica más esencial, que es la de respetar el Estado de Derecho. Viene esto a colación de la confianza que pone el Tribunal Supremo en la decisión de la Mesa del Parlamento sobre la suspensión de los políticos catalanes en prisión preventiva que hoy toman posesión. Curiosamente, vamos a ser testigos de una nueva escena de esa discusión entre la práctica política y el imperio de las leyes. Todo empezó por ahí, el día en que el Tribunal Constitucional falló anulando algunos artículos del Estatuto de Autonomía de Cataluña. No sé lo que se entiende por diálogo, pero este no puede existir fuera del marco previsto por la Ley. Lo que se pone en cuestión es que la conveniencia política recomiende alterar el cumplimiento de las normas. Sobre todo, en uno de los aspectos fundamentales de la de mayor rango. El que se consagra en el artículo 2, y que forma parte del Título preliminar, cuya reforma requiere el acuerdo más reforzado que se pueda exigir. Sin él nada de lo demás sería posible. “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. Si cambiamos esto, todo lo demás no sirve para nada. No hay que olvidar que los que ahora están siendo juzgados por el Tribunal Supremo y que permanecen en prisión preventiva lo son por quebrantar este principio elemental, en el que se define la soberanía de un país. Para esto no es necesario dividirnos en bloques de izquierdas o derechas. Aquí lo que priva es estar a favor o en contra del respeto a la Constitución. Se podía aplicar aquella frase famosa de Alfonso Guerra: “El que se mueva no sale en la foto”. Sea la foto de Colón o la de Pedralbes, que tanto da.