Cuando jueves atrás analizamos los resultados de las elecciones generales, ya expusimos el problema de la dispersión del voto de derechas y centro derecha. En abril una candidatura conjunta del Partido Popular con Ciudadanos y Vox hubiese obtenido 177 escaños, uno más de la mayoría absoluta que hace ganar la investidura en primera vuelta, mientras el PSOE se hubiera quedado en 108. Nos parece una evidencia demoledora que debería hacer reflexionar a esos partidos. En realidad, lo que ocurrió fue que, al no concluir pactos preelectorales de candidaturas conjuntas, al menos en las circunscripciones de pequeño tamaño, se suicidaron políticamente y le regalaron la victoria a Pedro Sánchez. La prueba de que era posible hacerlo la ofrece Navarra, en donde se presentó una candidatura conjunta de la derecha que gano las elecciones. Si a lo anterior unimos el hecho de que el PSOE recuperó una parte del voto que había emigrado a Podemos, tenemos una explicación definitiva de lo que sucedió entonces y de la victoria del Partido Socialista en su versión sanchista.
Ahora bien, si abandonamos las diferencias de escaños originadas por el sistema electoral, y nos limitamos a contar todos los votos que ha producido la sociedad española, agrupándolos en dos bloques convencionales de izquierdas y de derechas, resulta que ambos bloques tienen una importancia cuantitativa similar, en torno a algo más de diez millones de votos cada uno, con otros cientos de miles para partidos nacionalistas o regionalistas periféricos, también de derechas o de izquierdas. Es la eterna división y el permanente enfrentamiento entre las dos Españas, la contienda recurrente a la que estamos condenados los españoles.
La repetición de la victoria socialista en mayo tiene una explicación similar en términos generales, aunque sabemos que, a medida que descendemos en los niveles institucionales hacia Administraciones más cercanas a los ciudadanos y hacia municipios cada vez menos poblados, la política va dejando paso a cuestiones locales y personalistas; y, por ejemplo, se hacen posibles pactos y acuerdos que serían impensables en niveles superiores o en las Cámaras legislativas. Y así llegamos al análisis de los motivos últimos que deciden a un elector a votar por una determinada opción, motivos siempre complejos y en los que encontramos multitud de influencias y pulsiones de afinidad o rechazo, no todas estrictamente políticas o de contenido político, en las que se mezclan ideología, intereses y expectativas. El resultado puede ser, entre otros, el voto a favor, el voto en contra, el voto útil, el voto testimonial, la abstención activa (el voto en blanco y el voto nulo) o el no voto o abstención pasiva.
Sin embargo, estos análisis no terminan de explicar el éxito electoral socialista en Canarias en todos los niveles. Pedro Sánchez, en particular, y su Gobierno, en general, durante los últimos meses han maltratado financieramente a las Islas, incumpliendo o retrasando multitud de convenios, derivando partidas presupuestarias hacia Cataluña y hasta negando una simple entrevista a Fernando Clavijo, presidente de todos los canarios al margen de su adscripción partidista. En la teoría del sufragio los politólogos quizás deberíamos añadir el voto de Sacher-Masoch.
