tribuna

Comedores escolares: más allá de Chicote

El mediático cocinero D. Alberto Chicote estuvo de auditoría en las islas a fin de comprobar el estado de los comedores escolares públicos canarios. Cualquier labor fiscalizadora en pro de la salud pública siempre resulta encomiable. Nadie escurrió el bulto: Educación, Salud Pública, Inspección y una empresa contratada dieron la cara. En la reunión mantenida con los funcionarios gubernamentales quedó en evidencia que los menús de un significativo número de colegios no cumplían la normativa vigente (es decir, no eran sanos) y que los mecanismos de control de los mismos dejaban mucho que desear. El hecho es grave teniendo en cuenta que Canarias sufre una tasa alarmante de obesidad infantil y que el colegio debe jugar un papel educativo -de cara a los niños y a los padres- marcando las pautas de una buena alimentación. Me llamó la atención la falta de cintura de nuestros políticos al no sacar a relucir el magnífico y pionero Programa Canario de Ecocomedores como contrapunto a la reprimenda propiciada por el auditor.

Dada por sentada esta irregularidad, hay que apresurarse a decir que no es, ni mucho menos, un problema exclusivamente canario. Desde hace muchos años, existe un clamor contra lo inadecuado de los menús y el funcionamiento de los comedores de muchos colegios públicos.

Ese malestar ha desembocado en la creación de colectivos de lucha por parte de asociaciones de padres y otras entidades cívicas.

Seguro que el Sr. Chicote conoce el magnífico y exhaustivo informe Los comedores escolares en España (septiembre 2018) donde se diagnostica la situación de los mismos y se hacen propuestas para mejorar su funcionamiento. Es, por tanto, una problemática nacional donde es difícil establecer comparaciones, porque cada autonomía decide su propia legislación y sus propios modelos de gestión y, además, no existe un registro nacional de los mismos.

El deterioro de los comedores escolares se inició desde el momento en que se fue abandonando el modelo de cocina escolar propia controlada por la dirección del centro y la participación de los padres (gestión directa) en beneficio de empresas externas que, mediante concierto, ofrecen un servicio completo tipo catering (gestión indirecta). Dicho de otra manera: desde que se fue abandonando el espíritu de servicio y se fue imponiendo el de negocio. Más al grano: desde que el modelo de gestión capitalista neoliberal se fue adueñando del goloso mundo de la restauración escolar. Desde que el lucro empresarial entra en juego, la probabilidad de que se resienta la calidad es grande. Con frecuencia indeseable se manipulan los alimentos naturales aumentando la cantidad de azúcar, sal y grasas, se transforma químicamente su composición, se introduce aditivos para hacerlos más gustosos, más atractivos, más duraderos y, sobre todo, más rentables. Y el resultado pasa la aduana de los preceptivos controles por la pasividad dolosa de la administración. En este proceso se pierde la gran oportunidad de reeducar el gusto de la mayoría de los niños, malversado por el tipo de alimentación al que están acostumbrados, lo que comen en casa: los alimentos procesados, transformados en productos industriales de consumo, antinaturales, creados por la gran industria alimentaria, que atiborran las líneas de los supermercados e irreconocibles por parte de nuestras abuelas. Actualmente en Canarias un exiguo 30% de los comedores públicos tienen cocina propia y gestión directa y solo 47 de los 482 existentes son ecocomedores. En España, cuatro empresas multinacionales se hacen cargo del 58% de la alimentación escolar, repartiéndose un pastel de 630 millones de euros anuales. Existe una tendencia progresiva a la externalización, privatización y oligopolización (concentración empresarial) del servicio. La misma deriva que llevan el resto de servicios públicos del país…

El Sr. Chicote achaca a los comedores escolares la dramática obesidad infantil en Canarias: “Con estos menús los niños crecen a lo ancho”… Siento contradecirle: tienen una mínima culpa de ello. Solo el 30% de los niños entre 3 y 12 años comen en la escuela, hacen una comida al día y además solo mientras dura el periodo lectivo: medio año. Los tres primeros años, tan decisivos para conformar la obesidad, quedan fuera de su influencia. Es más, si me apuran, diría que muchísimos niños canarios (alrededor de un 40%) comen mucho peor en casa. Y entonces ¿por qué engordan tanto? Engordan porque la locomotora que pone en marcha la obesidad infantil es la misma que la de los adultos: la pobreza. ¡Dos de cada cinco niños en Canarias están en riesgo de pobreza o exclusión social! (informe Unicef 2018). Se trata de casi 150.000 niños y adolescentes, un 41,6%, prácticamente el mismo porcentaje que los niños que tienen exceso de peso. Esta cifra coloca a Canarias a la cabeza de la desigualdad infantil en España y, en mi opinión, influye decididamente en que la mortalidad infantil en Canarias sea el doble que la nacional (INE, 2019).

Un niño pobre no puede comer sano. La comida sana es cara. Solo puede acceder a la comida procesada de la peor calidad: hipercalórica, poco nutritiva, engordante. Por la falta de cultura de los padres consume más alimentos y bebidas ricas en azúcar, grasas saturadas y bollería industrial. Si se quiere mejorar su dieta se tiene que recurrir al auxilio social (comedores de verano, desayunos escolares, organizaciones caritativas…). Una auténtica vergüenza en una región con patrones macroeconómicos de país desarrollado. Por si fuera poco, los niños pobres no se pueden librar de la tremenda incitación consumista que los empuja no solo hacia la comida basura (usando a mansalva propaganda engañosa en horarios infantiles), sino al uso de los múltiples artilugios lúdicos del que gozan los demás; como consecuencia, surge el porfi mami y casi inevitablemente se produce una inversión en la escala de valores. Con los sueldos más bajos de España no hay sitio para la comida sana y el consumismo. Viene el cambio del potaje por la Play Station. Por si fuera poco, se pasan tres horas diarias enfrente de las pantallas. Ello, junto a la poca cultura familiar de ejercicio físico, los convierte en seres sedentarios, en niños de sofá, en niños Buda. Es impresionante la parálisis -yo diría la anestesia- de los políticos responsables ante un deterioro tan grave de la salud de sus administrados. La ausencia de empatía es tal que pareciera que el problema no tiene nada que ver con ellos. Existe una abrumadora evidencia científica de que la causa de fondo de la obesidad y sus gravísimas consecuencias es un problema social, estructural, sistémico, en definitiva, político.

La gente no come sano porque quiere, sino porque no puede. No es una cuestión de elección libre personal, sino producto de las condiciones de vida que impone el sistema. Entonces, ¿por qué no se intenta arreglar?: no se buscan soluciones porque no le interesa al Gran Hermano: el despotismo financiero, bancario y empresarial que gobierna el mundo. La comida procesada (de adultos e infantil) es uno de sus fabulosos nichos de negocio. El manejo de la obesidad es la quinta actividad más productiva en el mundo. El tratamiento de sus consecuencias patológicas multiplica exponencialmente sus ganancias en fármacos (cada vez más caros), en tecnología de imagen (renovada con más frecuencia), en otras tecnologías diagnósticas, en dispositivos médicos y, sobre todo, en la privatización y canibalización de la gestión de la sanidad pública. ¿Cómo va a permitir políticas de prevención de la obesidad y de promoción de la salud? ¿Cómo se va a hacer el harakiri?
El Gran Hermano tiene secuestrada la política. Marca el campo de actuación. Controla las grandes decisiones a nivel mundial. Su influencia es tal que ha logrado imponer su modelo de gestión de tal manera que en prácticamente todo el espectro político no se plantean alternativas, cambios de paradigma. Las fuerzas progresistas están alienadas por el síndrome de Estocolmo. Para revertir la situación los ciudadanos estamos solos. Para que se lleven a cabo políticas sociales que ataquen las verdaderas causas de la obesidad necesitamos conformar una masa crítica suficiente que empuje a los políticos a zafarse del abrazo de oso del Gran Hermano. Para conseguir meter en cintura el inmenso y fraudulento negocio de la comida procesada; para facilitar el acceso a la comida sana a toda la población y acercarnos a la justicia alimentaria, priorizando la salud de la ciudadanía a los intereses de unos pocos, tenemos que plantear una lucha global, ascendente, progresiva y radical.
He recibido con contenido entusiasmo la declaración del nuevo Gobierno de Canarias de que su objetivo prioritario es la lucha contra la pobreza. Maravilloso. Un pueblo pobre no progresa. No obstante, hay que recordar que todos los presidentes de nuestros sucesivos gobiernos han declarado ese mismo objetivo el Día de Canarias. Y la pobreza y desigualdad no han dejado de crecer desde entonces…

Por último, les pido que me permitan la osadía de sugerirles dos pequeñas acciones de gobierno, muy factibles y nada onerosas, que demuestren que además de predicar quieren repartir trigo. Una es que aprueben el modestísimo impuesto a las bebidas azucaradas y bollería industrial propuesto por Podemos (socio del nuevo Gobierno de progreso) , ya aprobado por el Parlamento de Canarias y atascado por la presión de la industria alimentaria. La otra es que rompan el techo de cristal impuesto a los Ecocomedores Escolares de Canarias -pioneros en España y referencia nacional- imponiéndolos en todos los colegios. En la actualidad solo suponen el 10% del total de comedores escolares.

Supondría un claro gesto en pro de mejorar la alimentación de nuestros niños y un buen empujón para la desasistida agricultura ecológica. Ojalá que así sea y que yo lo vea.

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