tribuna

Eduardo Punset y los Enanos

Eduardo Punset y yo fuimos amigos. Nos conocimos siendo él ministro y yo diputado, los dos en la UCD de Adolfo Suárez. Invitado por mí estuvo en La Palma en la Semana Grande de una Bajada de la Virgen y puedo decir, literalmente, que se divirtió como un enano. Muchos, canarios o no, saben hoy que la Danza de los Enanos es un rito, ancestral y único, que se repite cada cinco años y sorprende por su originalidad y belleza, con una primera parte sosegada y un tanto solemne y otra segunda en que los personajes de pausado andar y cantar melodioso entran por la puerta de una minúscula caseta y salen por otra, enfrentada, convertidos en burlescos y simpáticos enanos que a ritmo de rápida polca arrancan un ooh! admirativo y unánime, mayor si cabe en los que disfrutan del sorprendente achicamiento por primera vez.

La representación se repite durante toda la noche a lo largo de la real calle que es la calle Real de la capital insular y antes de que la afluencia de espectadores exigiera cambiar el emplazamiento, la primera de ellas se celebraba en una plaza recoleta que utilizaba la escalinata de acceso al convento de Santo Domingo como graderío preferente, pero Eduardo, con su natural desenfado, optó por sentarse en el suelo de la plaza en primera fila, dispuesto a no perder detalle y a desentrañar el misterio de la transformación del que tanto le habíamos hablado. ¡Y ahí quedó enganchado hasta el amanecer sin perderse una representación! Durante años nos seguimos viendo y tratando y con el añadido de su programa Redes en televisión aumentaron las ocasiones de llamarnos por teléfono. Pero recuerdo con nitidez su visita a El Médano, donde habíamos quedado con Federico Mayor Zaragoza cuando las calles todavía eran de arena, con lo que la aparición de Eduardo con su pelo enmarañado y envuelto en un remolino del ventarrón dominante fue visualmente fantasmagórica. En aquella ocasión me regaló, dedicado “con toda solidaridad y afecto”, su libro España, sociedad cerrada, sociedad abierta, que conservo con muchos subrayados.

En La Palma tuvimos tiempo de hablar de todo. Prolongó su estancia y durmió un par de noches en la Caldera de Taburiente, de lo que dio cuenta en un programa televisado diciendo que lo había hecho en el fondo de un barranco y que al amanecer se había despertado visualizando la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak.
Compartimos vivencias ligadas al mundo rural en el que ambos nos movimos en la infancia. Supe de la suya en Gerona, siendo su padre un médico rural que le mandó a Madrid para que aprendiera el castellano; de su oposición al franquismo en el partido comunista; de su exilio voluntario para evitar represalias; de su paso por EE .UU., Reino Unido y Francia, trabajando y aprendiendo. De todo han dado cuenta los medios y las redes sociales. Yo, de puro sabido, no voy a insistir.

El también ministro y compañero, Alberto Oliart, lo definió, a mi juicio con precisión: “Cabeza excepcionalmente clara para las cuestiones económicas, buena técnica, obstinación en la defensa de sus convicciones, imaginación e intuiciones rápidas y en continua actividad, y una mezcla de astucia, ingenuidad y desenfado sazonados por un sentido del humor muy catalán”.

Me quedo con la satisfacción de haber sido su amigo y de haber disfrutado de la frescura de su ingenio, de su don de gentes y de su sabiduría. También con su reflexión de que “la política es la peor invención humana”. Por lo menos de lo que ahora mismo algunos parecen considerar política.

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