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Artigas, a caballo

Leo una novela de Pedro Mairal, joven escritor argentino, con el que me estreno. Se llama La uruguaya. Buenas dosis de erotismo, de desesperación, de amor furtivo y hasta fronteriza, ya que los pensamientos y los hechos se desgranan en esa frontera marítimo-fluvial que es el Río de la Plata. A mí ese paisaje me encanta, y más recorrer la cercanía entre Argentina y Uruguay, bien por aire desde el aeroparque de La Costanera al aeropuerto de Montevideo; bien por mar, desde el puerto de Buenos Aires al de Colonia. Por gustarme, me gusta hasta el viejo Puerto Madero, en la capital bonaerense, cuyos galpones han sido convertidos en ciudad nueva, hoteles fantásticos, como el Faena, y comercios estupendos. Por ahí paseaba el dictador Videla, ya viejo, antes de que los diablos se lo llevaran al infierno. Yo me alojé en el Radisson, que es el mismo hotel de la novela, y que se encuentra en un edificio enorme que da a la plaza de Artigas, en la capital uruguaya, y a una trasera residencial. Recuerdo que me dieron una vez una habitación que olía a cigarro y a humedad y pedí que me la cambiaran. El Radisson era el mejor hotel de Montevideo, ahora hay algunos mejores, o quizá no. Tiene una gran capacidad narrativa, en idioma porteño, este Mairal al que yo no conocía, y La uruguaya te atrapa desde el principio. Pensaba llevar la novela de viaje, pero no, no he podido aguantar y la estoy terminando en mi sillón, ahora que Mini está más quieta porque convalece de una lesión de cadera, casi superada, a Dios gracias, aunque yo sea ateo. Veo a Artigas en su estatua ecuestre en aquella plaza de Montevideo y veo a los amantes caminando junto a ella, rumbo al mercadillo de la plaza cercana. Montevideo es un amor.

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