superconfidencial

Mi hermano

Yo tengo dos hermanos menores, pero a uno no lo veo porque es sordo y se desorienta. Se desorienta tanto que ahora está en Malasia. Y el otro, el que me sigue, tiene una inveterada manía. No es, ni más ni menos, que la mesa auxiliar del sillón en el que se sienta para ver […]

Yo tengo dos hermanos menores, pero a uno no lo veo porque es sordo y se desorienta. Se desorienta tanto que ahora está en Malasia. Y el otro, el que me sigue, tiene una inveterada manía. No es, ni más ni menos, que la mesa auxiliar del sillón en el que se sienta para ver la tele. No por la mesa en sí, que Dios me libre, sino por el contenido de la misma. Hay en ella destornilladores, restos de reparaciones sin culminar, lápices, papel de cocina, cinta adhesiva, esparadrapo de más de 50 años procedente de farmacias ya inexistentes, notas manuscritas antediluvianas; palillos no, porque dice que han subido de precio; hierros con formas distintas que nadie, ni su mujer, ni sus hijos ni yo sabemos para qué sirven, cantidad ingente de cartas de bancos que han sido fusionados hace años por la autoridad monetaria, blocks llenos de anotaciones sin sentido y trozos de objetos de plástico que han sido mutilados por el tiempo y que duermen en el cementerio de la mesa de mi hermano su sueño eterno. Algunos expertos opinan que ese pequeño espacio Diógenes -que es como el espacio Schengen, pero en cosas- existe en la mesa auxiliar de mi hermano para no tener que levantarse en los descansos de una de las diez películas del Oeste que se mete al día entre pecho y espalda, pero yo creo que no; que esos objetos, inservibles todos, se encuentran en la mesa a causa de la manía de su propietario de dejar las cosas inacabadas. Aunque el otro día me arregló un compartimento de mi nevera, tras años de súplica, y antes tuve que gastarme una fortuna en armar una maqueta de avión que le había entregado para su reparación. Tras años guardada en una bolsa me la entregó intacta…