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el charco hondo

Reuniones de café

El 3 de julio se celebró en Murcia una reunión en la que participaron PP, Ciudadanos y Vox, encuentro que los tres partidos habían organizado para desbloquear la investidura de Fernando López Miras. Horas después, con los medios contando lo ocurrido, el ex portavoz parlamentario de Cs, Juan Carlos Girauta, negó al encuentro tal categoría, rebajándolo a la de reunión de café. Girauta, en línea con la ficción hipócrita e infantil en la que se ha instalado la cúpula de Ciudadanos, tiró de manual y advirtió que Cs no se reúne con Vox, si acaso una foto. Hay quienes en los alrededores de Albert Rivera han condenado a Ciudadanos a un recorrido hacia la nada, precipitándose al vacío de contradicciones o mentirijillas adolescentes que tienen a quienes han asumido responsabilidades públicas -en ayuntamientos, diputaciones o comunidades autónomas- tirando de coraje, ganas y heroicidad para no dejarse arrastrar por los pecados de sus altos mandos. Albert Rivera y Pablo Iglesias han envejecido prematuramente por culpa de lo que Fernando Vallespín ha denominando el sorpassismo, que se resume en que un legítimo objetivo de Rivera e Iglesias (sustituir el histórico liderazgo de PP o PSOE) degeneró en una obsesión y provocó que la búsqueda del fin terminara desatendiendo la realidad
-sin duda el mayor pecado de la política o sus actores principales-. Iglesias y Rivera simbolizaron la nueva política que el país pedía a gritos para inyectar oxígeno, desinfectante y agua fresca a los partidos de siempre, con síntomas -estos últimos- de haberse dejado devorar por los vicios o las malas costumbres. Nueva política que el sorpassismo contaminó a la velocidad de la luz, afanados sus líderes en poner a sus partidos al servicio de un objetivo que no era el adecuado, dejándose cambiar por el contexto, los errores y la partitocracia que dijeron querer corregir. Años después, el balance de la nueva política es simple: más de lo mismo, pero con más desgobierno. La obsesión de Rivera e Iglesias por superar al bipartidismo ha rejuvenecido al bipartidismo -incluso con Casado, que ya es difícil-. La calle empieza a reivindicar el papel de los partidos de verdad, de organizaciones que negocian, cierran -o no- acuerdos y mantienen encuentros formales para concretar pactos; sin mentirijillas adolescentes, llamando a las cosas por su nombre, sin rebajar la política a la categoría de reuniones de café.

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