tribuna

Territorio quemado

Lo del territorio es una abstracción insufrible después de que andamos defendiendo el concepto de nación de naciones, que es algo que parece ir más allá del federalismo, otra entelequia que tampoco tiene encaje en nuestra definición constitucional. Hace unos años La Codorniz sacaba un chiste que decía: “Cuando un monte se quema, algo suyo se quema, señor conde”. Con esto se intentaba ridiculizar un slogan de una famosa campaña de prevención de incendios. Era otra época, la de Chumy Chúmez, que por aquel tiempo andaba con nuestra querida Carmen Postigo. No obstante, no estaba mal tirado, porque había un cierto guiño a la propiedad de lo quemado, que ahora se puede trasladar a un asunto de soberanía más que de catastro. El fuego de Tarragona ha servido para expresar, una vez más, esa cantinela independentista que da por hecha la República con sede en Waterloo, encarnada por Puigdemont,. Algo así como el papa de Peñíscola o el de Avignon. Roma, al final seguirá siendo Roma, porque todos los caminos de la historia y de la cultura nos llevan a ella indefectiblemente. Las declaraciones del conseller Buch al decir que es normal que los vecinos nos ayudemos cuando un país tiene un fuego de estas características, son una soberana estupidez. Sobre todo, si coinciden con la oferta de abstención de los presos del procés y el anuncio de ERC de crear un frente de abstención con Bildu que posibilite la investidura. Cataluña es un país vecino con el que hay que mantener buenas relaciones no sea que nos dejen tirados y sin presidente que echarnos a la boca. Según se dice en los ambientes diplomáticos, la tierra quemada no es un buen escenario para la negociación, pero, nos guste o no, la negociación está presente y las expectativas son las que son para que todos los que intervengan con sus inoportunos comunicados anden con pies de plomo. La ministra portavoz del Gobierno también va con un cuidado exquisito, no sea que se le vayan a sublevar los que se ofrecen abiertamente a la colaboración. Por eso ha inventado un híbrido de soberanía compartida para definir el Estado autonómico. Algo así como el principado de Andorra. Se ha referido al territorio español-catalán, como si en ese guion estuviese incluido un estatus que se vislumbra en el horizonte, el desiderátum para resolver el conflicto soberanista; después de arreglar el problema de los presos, se entiende. Me gustaría saber cómo encaja en nuestra Constitución esa España de guiones, donde todo se comparte bajo las fronteras de la intransigencia. No te preocupes, todo se arreglará, parecía decirle Sánchez a Junqueras el día que fue a prestar su original juramento. Lo de la señora ministra no ha sido un lapsus, sino una manifestación calculada que sirve de base para sentar las bases del diálogo. Eso tan complicado que se pactó en Pedralbes y que más bien recordaba a las disposiciones preliminares del contrato de los hermanos Marx. ¿Recuerdan aquello de acordar dialogar para seguir dialogando? Esto es lo que hay. Después se molestan hasta lo indecible, y te llueven los insultos si te atreves a interpretar lo dicho de la única forma que se puede interpretar. Esto, y el contenido de un artículo que publica Orriols en El País, donde habla del formateur pasivo (el que no mueve un dedo para formar gobierno y exige a los demás que lo hagan) me hace darle la razón a Podemos en sus exigencias, y a Ciudadanos y a los populares en sus negativas de apoyo. Mientras tanto andamos peleando en Europa por convertirnos en los salvadores de la Unión, y riéndole la gracia a Donal Trump cuando, en la reunión del G20 nos indica el lugar en el que debemos sentarnos. Alguien nos señala displicentemente dónde ubicarnos en el mundo desarrollado, mientras andamos sacando pecho sin todavía tener asegurada la poltrona para gobernar al país que estamos representando.

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