Opinión

Candelaria y una reflexión sobre el cambio climático

Desde que la señora alcaldesa de esta Villa de Candelaria me cursó verbalmente la invitación en nombre de la Corporación municipal

Desde que la señora alcaldesa de esta Villa de Candelaria me cursó verbalmente la invitación en nombre de la Corporación municipal para que pronunciase el pregón anunciador de las fiestas patronales de este mes de agosto de 2019, y al expresarle mi aceptación y reconocimiento por el honor que se me concedía, inmediatamente comencé a hacer acopio de información con el objeto de mejor documentarme para la función encomendada.

Después de las lecturas de muchos de los documentos con la intencionalidad de inspirarme para la redacción del pregón y después de meditarlo, pensé que, dado que ni soy filósofo, ni historiador, no debo hacer esfuerzos de aparentar lo que no soy, sino que debo presentarme y expresarme ante ustedes como lo que he sido a lo largo de mi vida, que lo voy a sintetizar como, por un lado, con un compromiso social manifestado en las instituciones públicas en las que he prestado servicio y, por otro lado, como profesor de Física, de una disciplina científica vinculada al comportamiento de la atmósfera que hoy tanto nos preocupa.

Nos reúne hoy una antigua tradición de indudable contenido religioso, histórico y social. Una celebración que hunde sus raíces en aquella época de cruce de civilizaciones que fue la Conquista y colonización de nuestro archipiélago por parte de quienes extendieron su periplo vital más allá del continente europeo a finales de la Baja Edad Media. Como ocurre con otros muchos procesos similares, desarrollados en aquellos tiempos, aquel encuentro entre seres humanos de procedencia diversa fue contado de múltiples maneras y con relatos llenos de rasgos similares. Ficción y trozos de lo realmente acontecido se fundieron a lo largo de los siglos siguientes y permanecen en nuestros días.

Lo que hoy nos convoca en Candelaria es muestra elocuente y destacada de lo que, convertido en tradición, han conocido y experimentado quienes nos precedieron y que, a su vez, nos lo han transmitido en cada generación. Cada uno de quienes nos encontramos hoy aquí compartimos la emoción del recuerdo que nos suscita este día. Muchos de nuestros seres queridos lo experimentaron y nos lo legaron a nosotros. Por eso es también un momento en que nuestros sentimientos reflejan el cariño y la añoranza de quienes hoy ya no están aquí, aunque sigan muy presentes en nuestro corazón.

Es muy probable también que, para cada tiempo pasado, quienes vivieron entonces y al conmemorar la Fiesta de la Candelaria, llegasen desde distintas rutas a este lugar motivados por las vivencias, las ideas y las vicisitudes que marcaron la vida de sus generaciones. Celebraban con toda formalidad y con arreglo a la liturgia un ritual centenario. Sin embargo, la significación profunda de todo ello ha ido en cada ser humano más allá de un relato, más o menos figurado, como se sigue haciendo aún, tal y como vemos en la representación de unos sucesos antiguos. Quiero decir con ello que tras la precisa narración de tales sucesos, se esconde un significado más hondo y más cercano a nuestra vida. Quisiera explicar esta idea recurriendo a como la expresó hace más de 200 años un tinerfeño cuya obra escrita dejó una monumental aportación al conocimiento del archipiélago canario. Me refiero a José de Viera y Clavijo, formidable intelectual, sacerdote y personalidad adelantada a su época en muchos sentidos.

cristianización

Nos cuentan quienes se dedican a la historiografía y a la historia religiosa que es muy frecuente encontrar múltiples ejemplos -los vemos tanto en Europa con en América tras la Conquista- en los cuales la cristianización de las sociedades aborígenes o locales se cimentaba en el uso de las propias tradiciones y creencias de estas para, reinterpretándolas, usarlas de cauce de asimilación y conversión. Vemos muchos casos en los que un lugar o unos ritos primitivos adquieren nuevo significado. En los estudios sobre la Virgen María, en la parte de la teología católica dedicada a la Virgen, llamada mariología, pueden verse narraciones muy similares en las que a los antiguos habitantes, en un lugar que para ellos tenía especial sentido por tener carácter de santuario o de celebración ritual, se aparece la Virgen y se suscita el proceso cristianizador; el de la cristianización.

Viera y Clavijo nos lo expuso en dos casos similares: el de la Virgen del Pino en Gran Canaria y el de Nuestra Señora de la Candelaria en Tenerife. No quisiera ahora reiterarles la narración del prelado ilustrado que aparece en su conocida Historia de Canarias. En ella, y siguiendo a historiadores más antiguos, como Fray José de Sosa, relata lo que la tradición recoge sobre aquellos sucesos en los que la imagen de la Virgen en una cueva o en un pino es encontrada por los habitantes de esas islas.

No puedo dejar de referirme a la relativamente reciente obra que como cronista le debemos al güimarero, profesor universitario y cronista Octavio Rodríguez Delgado, cuya antología de textos descriptivos recogida en la obra La evolución de un municipio a lo largo de cinco siglos constituye la primera entrega de la colección bibliográfica Crónicas de Candelaria. En ella, desde la época aborigen hasta la aparición de la Virgen y con posterioridad, con acontecimientos como el incendio de 1789 en el que se destruyó el convento y la basílica, el temporal de 1826 que arrambló el castillo de San Pedro con la primitiva imagen, la construcción de la nueva basílica, las romerías, las fiestas populares, la infinidad de promesas, la peregrinación perdurable en el tiempo y la acumulación de testimonios escritos y orales que enriquecen la historia de Candelaria.

La celebración implica peregrinación, las personas de mi edad recordamos desde nuestra niñez, llegada esta fiesta, los camiones con personas sentadas en los tablones en la trasera de los mismos que, procedentes de toda la geografía insular, acudían a la fiesta con ilusión, otras lo hacían caminando horas y horas por veredas y caminos empinados.

Conviene recordar aquella bendición celta dirigida al peregrino, que dice: “Que el camino salga a tu encuentro, que el viento siempre esté detrás de ti y que la lluvia caiga suave sobre tus campos. Y hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te sostenga suavemente en la palma de su mano”.

Reclamo esa obra de Viera y Clavijo y el ejemplo de la tarea que la construyó para nuestro tiempo. Por ello, en la conmemoración que celebramos ahora en torno a la tradición de la Virgen de Candelaria, me gustaría situar aquel espíritu de compromiso con la colectividad y para el momento que atravesamos en nuestros días. Podríamos hacerlo desde muchos ámbitos de la experiencia vital a la que ahora asistimos en estos tiempos de cambio acelerado. En todos ellos encontraríamos motivo para reflexionar y celebrar conjuntamente en qué forma hoy se nos convoca a interpretar y a actuar ante lo que nos rodea. Sin embargo, quisiera centrar la atención en un aspecto al que vengo dedicando muchas horas de desempeño en los últimos años. Uno de los retos más complejos a los que nos enfrentamos como seres humanos y cuyo abordaje requiere la participación de todos nosotros sin excepción. Es el propio futuro de la naturaleza de la que formamos parte. El riesgo de perder las condiciones que han propiciado la vida no solo de la especie humana, sino de muchas de las innumerables especies que nos acompañan en el planeta Tierra.

Es cierto que hay factores (como la actividad volcánica, las variaciones de la órbita y del eje terrestre o el ciclo solar), pero numerosos estudios científicos indican que la mayor parte del calentamiento global de las últimas décadas se debe a la concentración de gases de efecto invernadero emitidos sobre todo por causa de la actividad humana.

¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos suceden, a los niños que están creciendo? Esta pregunta se encuentra en el centro de la Encíclica Laudato Si, repito subtitulada: Sobre el cuidado de la casa común. “Esta pregunta no afecta solo al ambiente de manera aislada, porque no se puede plantear la cuestión de modo fragmentario”, y nos conduce a interrogarnos sobre el sentido de la existencia y el valor de la vida social.

conversión ecológica

Pero ahora esta tierra maltratada y saqueada clama y sus gemidos se unen a los de todos los abandonados del mundo. El papa Francisco nos invita a escucharlos, llamando a todos y cada uno – individuos, familias, colectivos locales, nacionales y comunidad internacional- a una “conversión ecológica” que, según expresión de San Juan Pablo II, es decir a cambiar de ruta, asumiendo la urgencia y la hermosura del desafío que se nos presenta ante el “cuidado de la casa común”.

A lo largo de toda mi trayectoria profesional, tanto en el sector de la docencia como en las diferentes responsabilidades que he tenido como servidor público, he mantenido una pasión y un interés constantes por esto que llamamos el cambio climático, y que algunos, muchos, ya abogan por dejar de llamar cambio y considerar, a todos los efectos, crisis climática.

En las Cortes Generales, por ejemplo, tuve el honor de presidir la comisión de estudio sobre el cambio climático. Viví en primera línea todas las novedades que iban surgiendo desde instituciones multilaterales que, con representantes de todo el mundo, iban alertando del calentamiento global de nuestro planeta y de las consecuencias que ello tendría para nuestro futuro.

Ahora la vida me ha llevado a una nueva responsabilidad que asumo con pasión y en la que además me he topado de nuevo con este fenómeno de la crisis climática al estudiar el impacto del fenómeno en el continente africano desde Casa África, una institución que, con sede en el archipiélago canario, en Las Palmas de Gran Canaria, realiza actividades de diplomacia pública, económica y cultural con nuestros vecinos africanos, específicamente del África subsahariana.

canarias es africana

Les podrá parecer a todos algo alejado, pero no olviden que si en algún sitio estamos de este planeta es en el continente africano. Geográficamente, y eso no hay nada que lo rebata, Canarias es africana. Y resulta que me he encontrado con una situación respecto al cambio climático que sinceramente no tenía clara: el continente africano es el continente del globo terráqueo que menos aporta a la contaminación que genera el calentamiento global, solo el 3,8%, frente al 23% de China, el 19% de los Estados Unidos y el 13% de la Unión Europea. Y, en cambio, es el continente que con mayor virulencia recibe los embates de la crisis climática.

En África hay refugiados climáticos. Ocurre en el Sahel, por ejemplo, esta gigantesca franja desértica desde el Mar Rojo hasta el océano Atlántico, en nuestras inmediaciones, que comprende países como Sudán, Chad, Niger, Mali y Mauritania. En esta región la temperatura media ha ido ascendiendo implacablemente, y ha generado graves perjuicios a sus poblaciones, tanto nómadas como sedentarias, que han tenido que emigrar hacia otros países africanos o, en algunos casos (muchos menos), emprender la arriesgada aventura de cruzar el desierto y subirse a una patera o un cayuco, algo que, coincidirán conmigo, constituye una de las situaciones más duras y peligrosas que puede afrontar un ser humano.

Creo que, en la medida que tenemos este fenómeno delante, y tan cercano, debemos todos hacer la reflexión de que la crisis climática no es un fenómeno del que vivamos protegidos y aislados en nuestro archipiélago canario.

Soy consciente de que no acabo de hacer un pregón clásico, pero una de las funciones del pregonero debe ser la de alertar sobre el incierto futuro y aconsejar actuaciones que a todos nos mejoren.

Espero disfruten de estas fiestas de La Candelaria con alegría y a la vez con el cívico comportamiento del cuidado de nuestra casa común.

*Resumen del pregón de las Fiestas de la Patrona de Canarias leído en el Claustro del Real Convento de Nuestra Señora de Candelaria el pasado 7 de julio de 2019.