el búho de minerva

La autoayuda y el negocio de la felicidad

A principios del siglo XX, Freud y Jung, en su primer encuentro personal, mantuvieron una animada e intensa conversación que versó sobre la psiquiatría de su tiempo y su futuro

A principios del siglo XX, Freud y Jung, en su primer encuentro personal, mantuvieron una animada e intensa conversación que versó sobre la psiquiatría de su tiempo y su futuro. En un momento de dicha plática, Freud interrumpió bruscamente a Jung y le confesó una honda preocupación: el avance que había logrado la parapsicología desde la mitad del siglo XIX hasta ese momento -¡Cómo no hagamos algo vamos a estar en manos de charlatanes!, exclamó Freud-. En efecto, en el amanecer del siglo XX las personalidades que cultivaban y divulgaban el espiritismo, la magia, la cartomancia, la adivinación, etc. eran legión. Pero el desarrollo de la misma Psiquiatría y de la Psicología, sin olvidar la Ciencia, lograron frenar dicho avance.

Pues bien, a semejanza de aquello, nos encontramos en un momento de expansión de lo que se ha venido en llamar la autoayuda. Dicha materia, que incluso algunos la tildan de psicología de autoayuda -ignorando por completo lo que ha significado y significa la Psicología- se ha convertido hoy en día en un negocio suculento. En la actualidad se venden millones de ejemplares de libros de autoayuda en el mundo. ¿Todo este boom editorial está justificado?

¿Pero de qué fecha data el origen de este fenómeno? Pues fíjense, que su arranque coincide con el de la parapsicología y ¡oh sorpresa! con el positivismo, exactamente a mediados del siglo XIX. El pistoletazo de salida lo da Samuel Smiles y su obra Self-Help, que se tradujo al castellano con el título ¡Ayúdate! En él ya se podían leer las máximas que hoy pululan en boca de los seguidores de la autoayuda: “El universo conspira contigo cuando de verdad deseas algo”. “Puedes tener cualquier cosa si crees firmemente en ello”. “El poder de tu felicidad solo reside en ti” y un catálogo casi interminable de falacias destinadas a adherirse a la conciencia de quien las escucha con un fin: el advenimiento del reino de la felicidad y su profeta, el pensamiento positivo. ¿No les suena esto a religión? Y lo digo porque dichas máximas intentan formar un corpus doctrinal de creencias, que se repiten a modo de mantras y acaban convirtiéndose en mandamientos, estando ajenos a cualquier racionalidad crítica. La autoayuda se sitúa descaradamente al margen de la Física, y del conocimiento empírico y razonado sobre el ser humano, es decir, de la Psicología y las neurociencias. Y para ponerle la guinda al pastel, tiene vocación de remedar a la Filosofía, cuyo objeto es pensar, no dar consignas. Hablando de filósofos, Aristóteles definía la felicidad como la vida buena, tratando de dilucidar con la experiencia y el conocimiento filosófico cómo lograr esta vida buena y de arethé (virtud), la felicidad es algo trascendental, concluía Aristóteles. Concepto radicalmente diferente a la felicidad como mero estado de satisfacción subjetiva, que es el que propone la autoayuda.

Hemos citado al pensamiento positivo como herramienta primordial para lograr los objetivos de la autoayuda. ¿Qué es el pensamiento positivo? Primero, no es un pensamiento, porque todo pensamiento es crítico y el positivo no lo es. Siendo en realidad una actitud, un modo de ver y observar las cosas y los acontecimientos que toma el optimismo -y no la reflexión- como fundamento para decidir y actuar, y que, como ya he dicho, produce consignas motivacionales que están alejadas de la realidad y del funcionamiento físico y mental del ser humano. Dicho alejamiento puede conducir al autoengaño y a sus nefastas consecuencias. ¿Cómo no calificar de autoengaño alguien que se cree capaz de todo si se lo propone? Es decir, creerse un dios. El pensamiento positivo parte de una peligrosa afirmación: que uno y solo uno es responsable de su presente y de su futuro. Una persona que crea esto al pie de la letra puede llegar a abrumarse por la culpa y la frustración que puede llegar a sentir si le empiezan a suceder cosas adversas por causas ajenas a su voluntad: una enfermedad mental, otros tipos de enfermedad, la pérdida de un empleo, una separación matrimonial, etc. En esto, lo que pregona la autoayuda se parece a la mentalidad capitalista norteamericana, que considera a los pobres como perdedores, ignorando cualquier causa social.

Ortega y Gasset decía que “Yo soy yo y mis circunstancias”. El pensamiento positivo manda a tomar viento a las circunstancias y se queda con un yo que es causa de sí mismo, un yo que es un demiurgo. ¿Cabe mayor falsedad? Y cuando le dices a uno de estos paladines de la autoayuda que existen las circunstancias, te dices que tú mismo las creas, como si fueran emanaciones del yo, enseñoreándote sobre la naturaleza y sus leyes, y controlando el azar. ¿Cabe mayor desatino? Pero, claro, para estos charlatanes el azar no existe, todo lo que pasa encierra un propósito, pasa por algún motivo, no existe el accidente, ni la inocencia en los acontecimientos. La autoayuda da por hecho algo que es refutado por la filosofía moderna, la teleología, o sea, que hay un fin último en las cosas. ¿Qué fin último tuvo que murieran millones de personas en los campos de concentración nazis? ¿Qué fin último tiene que un niño pierda los pies por pisar una mina? ¿Qué finalidad tiene que el ébola o el cólera mate a millones de personas?

Como afirma un amigo mío: el hombre es un ser preñado de irrealidad.

TE RECOMENDAMOS