Ya les he hablado alguna vez de mi hermano Pepe, el más chico de los tres, al que le llevo ocho años. Ya saben ustedes también que está sordo como una tapia. El otro día me contaron la penúltima suya, ocurrida hace algún tiempo. Se le hinchó la cara, por causas que ignoro (la gente lo iba a ver a su casa, como al Fenómeno de Taganana), y su médico le recetó unas inyecciones. Pero tenía que viajar a El Hierro por unos días y el doctor le dijo que comprara el medicamento y que acudiera diariamente al ambulatorio de Valverde para que allí un enfermero se lo suministrara. Fue a la consulta herreña y el galeno que lo atendió, un chico joven, salió al pasillo, despavorido, llamando a los acompañantes de Pepe, que había acudido allí con unos amigos porque su mujer –que no se separa de él- se había quedado en la casa de sus anfitriones. “¿Su amigo bebe?”, preguntó el doctor a los colegas de Pepe, “pues no debería, porque tiene antecedentes epilépticos”. Los amigos se quedaron extrañados. Pepe no ha probado una copa en su vida. Otra cosa, sí, pero alcohol, jamás. Y así se lo hicieron saber al médico, que les respondió: “¿Cómo que no? Le he preguntado su edad tres veces y me da una cifra de más de cuarenta y un millones de años”. Los amigos entraron en la consulta y le repitieron a Pepe, gritándole en la oreja, la pregunta del médico. Él, sin inmutarse, dijo: “Sesenta y cuatro años”. El doctor, sorprendido, apuntó el dato en la ficha y preguntó, ya gritando: “¿Y por qué a mí me decía que tenía más de cuarenta y un millones de años?”. “No, es que yo creí que me estaba preguntando el número del DNI”, respondió mi hermano, sin inmutarse. Y añadió: “Es que soy sordo”.
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