después del paréntesis

Tapar

Lo percibí en Morro Jable hace unos días: chicas vestidas con velos que cubren su rostro y trajes que las hacen invisibles. Lo extraño es que los jóvenes que por lo común las acompañan, con rasgos iguales a los suyos, visten vaqueros, camisas sport, zapatos modernos y cinturones de estilo. Y uno se pregunta, ¿por qué los hombres pueden exhibir esos componentes de la moda y ellas no?

Este, sin embargo, no es un componente desproporcionado o paradójico. La religión (en Irán o en Arabia Saudí) es un invento de los hombres. En este caso el macho no solo resuelve, sino que cierra las exclusas que le conviene resolver. Por ser tales, quedan fuera de los registros, como el fundamentalista y asesino Bin Laden que justificó su afición a la pornografía occidental. Luego, ¿por qué tapar a las muchachas?, ¿a qué responde esa norma?

Resuena en este punto el famoso sultán de las Mil y una noches tras descubrir que su esposa se acostaba con otro. Y lo que resultó: jamás someterse a eso que llaman amor, satisfacer el deseo y luego matar. Eso son las mujeres para este tipo de hombres, objetos, posesiones. No son agentes de la determinación y de la libertad sexual que ellos repudian y que, por la autoridad, reprimen o incluso penan hasta el asesinato. De ese modo actúan por el miedo a la capacidad de decidir de la mujer. Y el primero de los pasos a seguir es ese, someter el cuerpo, prohibir que se manifieste. El encubrimiento, no por decisión propia sino porque el varón lo impone, hace que el afán de intervenir se borre. Además se las grava con el temor a ofender y toda rebeldía en esas partes del mundo tiene consecuencias nefastas. Así la entidad propia no forma parte del satisfacer, no cumple con la responsabilidad, no asigna valor al deseo en correspondencia. Eso una organización machista no lo puede consentir y por ello actúa.

El asunto, pues, en su lugar: hombres en la playa con pantalones de baño por encima de las rodillas y sus parejas con trajes hasta la punta de los pies. ¿Habremos de aceptar en esta parte del mundo que las mujeres no ocupen el lugar que les corresponde?, ¿qué oponemos a semejante impudicia, la libertad de las confesiones extrañas o que también nosotros estamos tocados por ese infausto rigor?

Se explica. Si los hombres (allá y aquí) están en posición de determinar, la igualdad es un disgusto que se aplaza. La mujer en su casa y el hombre en el mundo. Esa es la consigna extendida. Las reglas dadas lo aseguran. Así nos va.

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