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Cafetales y ascensores

Dios no existe, porque el papa Francisco, que es su delegado, se ha quedado tirado 25 minutos en un ascensor del Vaticano cuando trataba de llegar a la ventana del Palacio apostólico donde suele rezar cada domingo el Ángelus ante los fieles concetrados en la plaza de San Pedro. Lo sacaron los bomberos y llegó tarde a la plática. Fueron solo diez minutos pero parecieron una eternidad y no le quedó más remedio que pedir perdón. Los Pujoles invierten el dinero robado en café, al compás de Ojalá que llueva café en el campo. O sea, el maná de las ITV y los viajecitos a Andorra de la madre superiora y la herencia inagotable del abuelito Florensi. Y han imputado, por trinconas, a las dos de la Verbena de la Paloma. Ahora ya sólo falta don Hilarión. A los que no atrapan ni de coña son a los de Podemos, con sus denarios y sus bolívares; son más listos, aunque hay quien dice que es cuestión de tiempo. La justicia española es la más lenta del mundo -digo yo que figurará así reflejada en el Guiness-, pero también la más eficaz. Como la Guardia Civil. No cesan hasta que te cogen cagando. Entre cafetales y ascensores de esta corte de los milagros que es España nos movemos los de a pie, con una mano delante y otra detrás. La de delante para taparnos la gran vergüenza y la de detrás para que no nos den por retambufa, que solo faltaba. Ayer fui al BBVA a enviar una transferencia de 258 euros y me cobraron un euro de comisión. De eso viven los bancos: del trinque y de la venta de móviles. Porque bancos, lo que se dice bancos, ya no hay. Hay cajeros.

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