Tribuna

Educar para que algo quede, por Salvador Pérez

Recuerdo y homenaje al político y alcalde del Puerto de la Cruz que murió en el fuego, Paco Afonso. La Gomera, 11 de septiembre de 1984 Se pueden decir muchas verdades, numerosas opiniones, y múltiples conjeturas sobre qué hacer sobre el después de los incendios, pero la clave, el resorte que mueve todo el entramado […]

Recuerdo y homenaje al político
y alcalde del Puerto de la Cruz que murió en el fuego, Paco Afonso.
La Gomera, 11 de septiembre de 1984

Se pueden decir muchas verdades, numerosas opiniones, y múltiples conjeturas sobre qué hacer sobre el después de los incendios, pero la clave, el resorte que mueve todo el entramado es educar. Con Nelson Mandela (el señor Mandela para negros… y blancos, como descubrí en un viaje a África del Sur) que en frase certera decía: “La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”.

Se pueden comentar muchos temas sobre el futuro de estas Canarias ya en estado de emergencia climática, con El Hierro como ejemplo a seguir. Desde recoger la pinocha, sí o no; sobre realizar auténticas campañas de sensibilización ciudadana con anuncios en prensa, radio, televisión (recordemos uno de Joan Manuel Serrat que lo hacía de forma muy didáctica); sobre limpiar las huertas y los terrenos adyacentes a las casas (pongo el ejemplo del padre de Federico Grillo y sus huertas de La Cañada, o yo mismo en mis huertas y jardines en El Calvario, en La Guancha, y tantos otros jubilados que gozamos trabajando y sudando y sin “alergia al sacho” en frase acertada de Wladimiro Rodríguez Brito, un referente en estos menesteres medioambientales). Debemos preocuparnos de consumir productos canarios, pues eso va a revitalizar la agricultura y la ganadería canaria. Darnos cuenta de que vivimos en un territorio pequeño lleno de habitantes, muchos coches de canarios y muchos vehículos de turistas. Comparar el espacio de la España vacía o vaciada: Ávila ¡ay esas murallas!, tierra que conozco tanto, tiene 603 kilómetros más que todas las islas (8.050 km. y Canarias 7.447 km.) con 164 mil habitantes por los casi 2 millones y medio de isleños. O Soria ¡ay esa Laguna Negra! que tiene 10.306 kilómetros y 88 mil habitantes. Y miren la densidad poblacional con Canarias, 296 habitantes, Ávila, 19 y Soria, 8. También dos provincias castellanas con mucho monte y en los que se puede atacar mejor un incendio por tener superficie llana y no estas cumbres, barrancos y vaguadas de nuestro territorio.

La clave es educación, educación y educación. Pero ojo, no para empezar por la escuela…sino por la casa. El admirado Luis Balbuena (que estuvo presente ahora en el incendio de su barrio de nacimiento, Fontanales, en el municipio de Moya), ese grancanario-tinerfeño al revés del tinerfeño-grancanario Federico Grillo, siempre dice que cuando alguien quiere hacer algo nuevo indica que hay que empezar por la escuela.

De todos modos, es necesario hablar desde la escuela, y después en el instituto, de la emergencia climática. Hablar, discutir, reflexionar sobre una cuestión de supervivencia del planeta Tierra. Este domingo, Carmelo Rivero, en este mismo periódico, ponía el dedo en la llaga con su esclarecedor artículo “La rebelión de los niños”. Y hablaba con Wolfredo Wildpret, que mantiene en alto la bandera de la esperanza y la utopía.

Uno recuerda sus experiencias escolares con la naturaleza y el monte. Estuve tres años de maestro en el colegio Fernando Guanarteme, era 1968, en el barrio del mismo nombre en Las Palmas, un centro enorme al lado de la Playa de las Canteras y cerca de extensiones de plataneras y fábricas de pescado con tufo y mal olor. Hoy está junto al Auditorio Alfredo Kraus y en una zona bellamente recuperada. Los maestros -tres éramos de Tenerife-, durante los cursos escolares hacíamos excursiones al campo de la isla y al más escuálido pinar de Tamadaba. Los niños no conocían ni los árboles ni sus frutos, ni la importancia del monte. En otro curso estuve en Utiaca, un barrio de la Vega de San Mateo, en donde descubrí que Gran Canaria, “verde que te quiero verde”, no era un secarral, y allí era muy fácil explicar lo que era el campo y el monte porque vivían en su entorno y, por eso, hacíamos excursiones al revés: hacia zonas urbanas como Las Palmas capital.
Cuando estuve de maestro cerca de veinte años en La Mancha, un barrio de Icod de los Vinos, junto a la carretera general, explicaba durante el curso los distintos árboles y las variedades de la flora canaria terminando con una excursión de un día al Monte del Agua, en Los Silos, o a los montes de La Orotava y al circo del Teide y Las Cañadas.

En mi paso por colegios de La Laguna hacía lo mismo: ir al Monte de La Esperanza y al cercano Monte de Las Mercedes. Y siempre, siempre explicando la importancia de la naturaleza y el cuidado del monte.

Y que la juventud participe. Existe una, que es ecologista y responsable, limpia y ordenada, pero hay otra, que mucho hablar, pero poco hacer y mucho ensuciar: desde el botellón en cualquier lugar, una vergüenza cívica, hasta dejar el monte o la playa lleno de basuras. Uno estuvo el pasado mes de junio en Japón y allí no existen papeleras, ¡y todo limpio! Un sábado, por la noche, fuimos al cruce de Shibuya y a la famosa intersección de sus calles, el lugar más transitado del mundo, ¡y todo limpio! No queda otro remedio que comparar.

Y como final de esta serie de tres artículos sobre el incendio de Gran Canaria les dejo lo visto y leído en los jardines, parques y algunos caminos de Lisboa, en Portugal:

Tú que pasas y alzas hacia mí tu brazo/ antes de que hagas mal, óyeme bien:/Yo soy el calor de tu casa en las noches frías del invierno./ /Yo soy la sombra amiga que encuentras/ cuando caminas bajo el sol de agosto/ y mis frutos son la frescura apetitosa/ que te sacia la sed en nuestros caminos./ Yo soy la vida amiga de tu casa, la tabla de tu mesa, la cama en que descansas y la madera de tu barco./ Yo soy el mango de tu azada, la puerta de tu morada./ Yo soy la madera de tu banco y de tu propio ataúd./Yo soy el pan de la bondad y la flor de la belleza./ Tú que pasas, óyeme bien… y no me hagas mal.